Carlota


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Sinónimos para Carlota

Carla

Sinónimos

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Ejemplos ?
Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la niña de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del cacallero, que también era vecino de Doña Casimira, habitando en el otro tercero, no dudaron ya que en sus moradas todo sería bienestar y ventura con haber llevado a ellas a los dos gatitos. Al pronto la casualidad vino a confirmar aquella idea: Doña Carlota ganó un premio a la lotería y D.
¡Salir, meterse en zambras, ella, ella, Carlota Migal! ¡Con lo que llevaba encima del alma, aquellas infinitas arrobas de vergüenza y desconsuelo, desde que sucedió...
Esta nación no ha querido variar este método; y así cuando el Señor Felipe V intentó variar el orden de suceder, queriendo introducir la ley sálica de Francia, por la que se excluyen las hembras, cuya solicitud renació en las citadas Cortes de 1789, se declaró por uniformidad de votos: «Que Su Majestad no podía variar el establecimiento español, cuya observancia había jurado guardar; y, por consecuencia, la Señora Carlota Princesa del Brasil debía ser admitida a la Corona a falta de sus hermanos varones».
Aunque hijos de la misma gata, es fácil que Moro sea un gato de los buenos y Fígaro de los malos. Usted, amigo mío, ha tenido la mala suerte, mereciéndola mejor que Doña Carlota.
A los dos se les ocurrió lo mismo: puesto que los gatos eran iguales, ¿por qué no los habían de cambiar? Había en la casa un patio muy pequeño al que daban las cocinas de Doña Carlota y D.
Como llave para abrir la voluntad imperiosa de Elío a la conciliación traía y mostró oportunamente una comunicación de Don Diego de Souza al gobierno de Buenos Aires en la cual el aguerrido militar lusitano manifestábale que se engañaba si creía que sus fuerzas venían a auxiliar al gobierno de Montevideo precisamente, pues la realidad era que había entrado a la “Banda” para apoyar a las autoridades que se pronunciaran aquí o en la capital porteña a favor de la Infanta Carlota… Ante la prueba ahora terminante de la mala fe portuguesa...
La Regencia, que en días menos azarosos que los presentes establecimos, confiándola al celo, a la inteligencia y virtudes de nuestra augusta esposa, la emperatriz Carlota, ha cesado de hecho con su ausencia en Europa, y se hace indispensable ocurrir a esa falta por un medio de igual naturaleza, pues, entretanto la nación mexicana no exprese su voluntad de cambiar la forma de gobierno, existiendo hoy la monarquía, corresponde establecer una regencia que rija al Estado, en vacante del trono.
Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría mejor a Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que tenía una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos años; pero Fígaro (así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy armoniosamente)...
Todos de bureo: sólo Carlota, la costurera, siempre tan rara, como sus compañeras decían, continuaba allí, refractaria a la diversión, tirando de la aguja, interrumpiendo con el rápido ticliteo de sus ágiles tijeras el silencio solemne del gabinete amueblado a estilo Imperio, donde hacía labor.
Un bastago (sic) de aquella (la Señora Carlota Joaquina de Borbón) que los mismos sucesos habían trasplantado con la Corte de Portugal a sus dominios del Brasil, entablo relaciones privadas para abrirse un camino a la Regencia de los países de su cautivo hermano; y fue entonces que así Belgrano, como muchos otros patriotas estimables, juzgaron oportuno el alimentar tales esperanzas, para comenzar por este medio, la grande obra de la regeneración Americana.
Parecía que ambos jóvenes ponían especial cuidado en no encontrarse en calles o paseos, lo que nada tenía de particular, porque Carlota no abandonaba jamás su vivienda.
Ríen, se divierten, oyen requiebros, se enredan en nuevos amoríos, se emperifollan, se casan, engañan o no engañan al que las elige, le ocultan lo pasado, a veces hasta se lo cuentan con cinismo impávido... Carlota no era de esa hechura.