Ejemplos ?
En cuanto a la fiscala, todavía tiene muchas más agallas que su marido; e irritada en su grado máximo, echa sapos y culebras, dispuesta a defender la dignidad de la toga como gato panza arriba, en el caso que su cónyuge no se muestre bastante enérgico.
Confianza, pues, en Dios, los hijos míos, decía Antonio Pérez; que el Señor os tiene a su cargo: confianza, pues, en el demonio, los hijos míos, dice España, que Pateta os tiene cogidos de las agallas, y no os dejará ni el día de las cuentas y perdones.
Carcelera de sí misma se concluye en la inútil necedad de sus libelos y una ráfaga de bocas calcinantes le amordazan lo fugaz de sus agallas: Hoy soy de ti; mañana de la espera… Y se concluye un mundo con olor a siesta.
Si ésta llevaba a la realización su amenaza, tornaría él con su compañera y sus cuatro gurripatos a las pasadas amarguras, a las pasadas escaseces, y si defendía los pícaros garbanzos, tendría que pelear con el Berrinche, con el más temible, de más agallas y de sangre más malita de los hombres de pelo en pecho.
No bien hubo desaparecido Andrés de la escena, convencidos todos de que la herida no era importante, algunos mozos de agallas vagaban de un lado para otro, repitiendo con voz serena: -No ha sido nada.
Era sangre d'otras épocas su sangre; sus agallas parecían d'otros tiempos; era un hijo d'estas tierras, de la raza de castúos veteranos extremeños.
Nadie de los que conocen al escribiente le suponían con agallas para cometer un crimen; porque una cosa es chillar y echar una bravata, y otra hacer...
Aquel jacobino de Julio de Castilhos sentía peligrar su estadía al frente del gobierno de Río Grande y necesitaba mantener sobre las armas a ese hombre de acción que tan buenas pruebas comenzaba a dar de su audacia y de sus agallas.
reguntábamos hace poco tiempo a cierto anciano amigote nuestro sobre la edad que podría contar una respetable matrona de nuestro conocimiento; y el buen viejo, que gasta más agallas que un ballenato, nos dijo después de consultar su caja de polvillo: -Yo le sacaré de curiosidad, señor cronista.
El conde de San Isidro, que sus razones tenía para andar escamado con la política, dejó la pluma, y poniéndose de pie, balbuceó: -No entiendo lo que quiere decirme, señor don Chombo. -Eso es, hágase usted ahora de los del limbo; pero no sabe que tengo muchas agallas.
Esforzándose, llegó hasta cabeza del reig, y, fijándose en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se coló por una de ellas.
Husmeando pichinchas metíase entre fregonas y sirvientas a curiosear cosas que no debían interesarle, hacía de saludador arlequinesco, y en acercándose a los mostradores estañados de los pescadores examinaba las agallas de merluzas y pejerreyes, comía langostinos, y sin comprar tan siquiera un marisco, pasaba al puesto de las mondongueras, de allí al de los vendedores de gallinas, y antes de mercar nada, oliscaba la vitualla y manoseábala desconfiadamente.