Ejemplos ?
Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo particular: contándome, punto por punto, todos los terrores que han sufrido sin hacérmelo ver. El más insignificante desgano mío las sumía en mortal angustia: ¡Es la rabia que comienza!
Entonces sus castillos interiores se conmovieron hasta en los cimientos y sus faces de primavera virgen se tornaron indecisas y en una trémula sensación de angustia, dudaron; por primera vez, dudaron y principiaron a esperar lo peor de la confianza.
Mas no es el arduo dolor donde acurruco los olvidos quien se asoma; ni es el miedo a cometer el mismo llanto, sino la ancha cuesta por donde tiene que trepar la angustia de no irse hacia el cinismo… Es aquello que callado me incinera y me mancha al verterse en el camino con un lloro que no importa a los que ríen de ese luto prohibido en tanto duelo hecho de amnesias que ahora entierro.
La angustia que experimentamos fue terrible, pero a los pocos momentos se recibió otro telegrama de los queridos viajeros, Federico y su esposa, anunciando su próxima llegada.
Y, sin embargo, experimentó una angustia infinita cuando, poco más tarde, la encantadora muchachita cayó enferma, y el coche del doctor se paraba cada mediodía delante de la puerta.
Todo era ahora confusión y angustia, pero continuamos luchando para aligerar el buque, tirando por la borda la mayor parte del cargamento y cortando los dos mástiles que quedaban.
Grandes los gemidos de sus corazones, de sus vientres, por el alba, la claridad. Allí también sus rostros tuvieron vergüenza; vino una gran aflicción, una gran angustia; fueron abatidos por el dolor.
Mucho sufrimos, y escapamos por muy poco de la muerte, pero la fortuna nos favoreció al igual que a nuestros camaradas de la chalupa. Más muertos que vivos, después de cuatro días de horrible angustia, tocamos tierra en la playa opuesta a Roanoke Island.
Y se presiente en la apacibilidad de la distancia, un gemido de cuerpos que en marabunta sofocante, intentan mezclarse y confundirse entre sí, para no aumentar las arenas de su angustia y de su soledad que luchan para que no se les note la desolación; abandonados de un destino que no saben; despojados de misiones solidarias.
Caminaba por los lugares que él parecía haber visto ya, aunque a pesar de ello, se sentía extraviado, perdido en sí mismo como un vagabundeo somnífero que no encuentra el sitio de su procedencia; como un andar lo desandado; como un buscar la dirección exacta en un poblado desconocido, pero quién sabe en qué época visitado. Y algo incómodo se acrecentaba en su pecho: angustia y felicidad, sobresalto y ensoñación, deleitoso temor.
Porque en momentos de angustia olvidamos estos sagrados ideales, porque hicimos de nuestras comodidades materiales, concentración de nuestros sentidos y aspiración única de nuestros espíritus, nos hemos visto vejados, ultrajados y deshonrados en nuestras afecciones más caras, sin que a duras penas asomase el sonrojo en nuestras mejillas y palpitaran de vergüenza nuestros corazones.
Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde a cada minuto recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.