atraer

(redireccionado de atraída)
También se encuentra en: Diccionario.
  • all
  • verbo
  • pronominal

Sinónimos para atraer

Sinónimos para atraer

Ejemplos ?
Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que habla seguido el color hasta mezclarse con las estrellas de la Vía Láctea. Pero su mirada fue atraída inmediatamente hacia la tierra por el estrépito que acababa de producirse en el valle.
El extendido escenario en que se desarrolló el segundo eclecticismo de que habla Gaos se vinculaba entonces a los centros del capitalismo mundial en calidad de área tributaria y periférica, atraída ya por la modernidad, pero incapaz aún de incorporarse plenamente a ella.
Pensó que si terminaba en punta, la energía sería atraída por ese remate y se transmitiría extendiéndose hacia abajo y dando fuerza a la mente y al cuerpo de los que allí estuvieran.
Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!
Un mundo nuevo, un joven planeta, se adelantaba hacia mi, trazando su circulo en el vacío, fascinado e inocente como el ave atraída por el boa.
Al encender la lámpara por la noche; la mariposa, atraída por la luz, fue a quemarse en ella, perdiendo Severo uno de sus más bellos y raros ejemplares, lo que le ocasionó hondo disgusto.
La pequeña Agnes, atraída por su aspecto bondadoso, corrió a su encuentro; yo no había reconocido todavía bien sus rasgos, cuando mi mujer, levantándose de pronto, me dijo con voz conmovida que era míster Peggotty.
La inmigración atraída por el precio mínimo a que se harán las adjudicaciones de baldíos en los territorios hoy desiertos, afluirá como un río de hombres, como un Amazonas cuyas ondas fueran cabezas humanas y mezcladas con las razas indígenas, con los antiguos dueños del suelo que hoy vegetan sumidos en oscuridad miserable, con las tribus salvajes, cuya fiereza y gallardía nativas serán potente elemento de vitalidad, poblará hasta los últimos rincones desiertos, labrará el campo, explotará las minas, traerá industrias nuevas, todas las industrias humanas.
María Antonia Fernández se sentía atraída hacia don Jacinto por un afecto angelical y todo del espíritu, y se lisonjeaba, además, de que afecto no menos puro impulsaba a don Jacinto a venir a visitarla.
¡No puedo rezar! Pero pronto volvió, atraída por el santo e irresistible imán de la oración. Entonces oyó a María pronunciar estas palabras: «¡Por la paz del alma de mi hijo Lázaro!» Y la oración de las dos católicas continuó, sin que sus voces se inmutasen.
Cuatro hornos de ladrillos se habían instalado y no daban abasto; dos carniceros se disputaban las pocas vacas gordas que mantenía don Jerónimo en su estancia; los herreros y los carpinteros se enriquecían; los boliches se multiplicaban; venía gente de todas partes, a poblar, a poner algún negocio, atraída por la prosperidad creciente del ya nombrado pueblo.
Envilecido, humillado como estaba, es probable que hubiera respondido a tan exasperante lenguaje con un arrebato de violencia si en ese momento mi atención no hubiese sido atraída por un hecho sorprendente.