barraca


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Sinónimos para barraca

Sinónimos para barraca

Ejemplos ?
Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi desnudo como un salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y rezaba su abuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas, descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas que perseguían al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pesca menuda.
Así seguía vivo el recuerdo de la santa en la memoria del viejo Antón; así la veía ante su mirada empañada, de pie junto a su lecho, en la estrecha barraca, en tierras danesas.
Hivert venía a hacerle bromas. Le decía que debía poner una barraca en la feria de San Román, o bien le preguntaba en tono de broma por su amiguita.
Entonces me puse a decirme a mí mismo cuanto hacemos tontamente al temer en mayor o menor grado ciertas cosas, siendo una misma el fin de todas. Porque ¿qué diferencia hay entre que caiga encima de un hombre una barraca o una montaña?
Diego) a prestarse mutuos auxilios, explicándoles cuánto es útil dulce lazo de la amistad con que unos a otros deberían vivir estrechamente unidos, pues antes cada cual moraba en su barraca con sus hijos, sin relacionarse sino muy escasamente con los demás vivientes: con las lecciones de caridad cristiana que les impartía, ensancho el círculo reducido de la sociedad de la familia; y haciéndoles comprender las ventajas de la sociedad civil, formó pueblos, levantó iglesias y chozas, todo de humilde paja: indicó a los indios como habían de vestirse para cubrir la honestidad:”.
El campo de concentración propiamente dicho, no tenía, al crearse, ni una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras.
Esto, pues, estando tanto peor alojado que los más pobres mosqueteros, cuanto es peor que una barraca un hospital, siendo así que Fraga lo ha sido de todo el campo, habitada del horror de heridos y muertos: sitio menos seguro de la enfermedad y del enemigo, que los cuarteles.
Por último, se marcha el capitán para dejar que se muden los telones, y mientras que esto se hace se va con él la tempestad, porque tienen que llegar los dos a un mismo tiempo a la barraca, donde hace tanta falta uno como otro para concluir el drama.
Por un callejón que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoy es inaccesible porque forma ángulo recto con la bóveda celeste, echaron nuestros personajes a paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar a una pequeña barraca, incrustada entre un murallón de San Felipe y otro del Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se veían amontonados diversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todos de la especie de los que ya Pipa había recibido de manos del neófito.
Vuelven los jugadores y se prepara una escena digna de los habitantes de Melilla, Málaga o Ceuta; escena digna de la nobleza de Melpómene y de la inocente y maligna máscara de Talía; escena, en fin, en que es preciso hacer al autor la justicia de conocer bien a fondo el corazón de la clase más apreciable de la sociedad; pero entonces el cielo, que no duerme, se acaba de declarar en favor de la inocencia, y acumula sobre la barraca una gran cantidad de electricidad que atrae una media docena de rayos; ¡pero qué rayos!; en menos de dos minutos se convierte la escena en función de pólvora, que no parece sino que se van a acabar los novillos.
Una nube se desgrana pletórica y Tista corre. Cuando se acerca a la barraca, asoma la madrina, le llama por señas y se entra. No bien el chico traspasa aquel umbral, la puerta gira rauda; Belén tuerce la llave y la tormenta estalla.
Éste, arrastrando al nuevo servidor que acababa de adquirir, llegó a su barraca y gritó desde la puerta: «Muchachas, ved aquí un hermoso esclavo que acabo de comprar.» Estas muchachas eran un rebaño de gente alegre que empezaron a saltar de gozo y a dejar oír con voz cascada, ronca y afeminada, los más discordantes sonidos, pues creyeron que efectivamente se trataba de algún esclavo que se había procurado para adiestrarle en su oficio.