Ejemplos ?
Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con la indignación que se adueñó de su esposa. – ¿Dónde has cortado esa nariz, so fiera? –gritó con ira– ¡Bribón! ¡Borracho!
– Habla, bribón –dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ése tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)– ¡Habla!
Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habráse visto, el bribón! Claro, así he oído yo quejarse ya a tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te quedas con ellas entre los dedos.
ALCALDE.- ¿Qué dice a esto el señor don Silvestre? DON SILVESTRE.- Que se me está acabando la paciencia, y temo que voy a echar por la ventana a ese bribón.
esperar que le haya juzgado con injusta ligereza, cuando se ha tratado del nuevo Benavente. Un bribón escribió a otro de su ralea hará poco más de un mes, que luego sería Ud.
Estaba, estaba de seguro en el fondo de la desplomada galería el bribón, con la cabeza machacada, las piernas rotas, las costillas hechas cisco...
El municipal contuvo a todos e interrogó al niño, que dijo el nombre de sus padres y dio las señas de su casa contando su escapatoria. -Nos engaña, gritaron. ¡Es un pillete! ¡Un bribón! -Digo la verdad, sollozaba Luisito. -Ahora lo sabremos, dijo el municipal.
Es un bribón, hombre hábil, fiel seguidor de la sodomía activa y pasiva, desprecia absolutamente cualquier otra clase de placer, hizo morir cruelmente a dos niños para los cuales un amigo había dejado en sus manos una considerable fortuna; tiene una sensibilidad nerviosa tan aguda que casi se desmaya al descargar.
Emma lloraba, incluso le llamó «su buen señor Lheureux». Pero él se escudaba siempre en aquel bribón de Vinçart. Por otra parte, él no tenía un céntimo, nadie le pagaba ahora, lo explotaban, un pobre tendero como él no podía hacer anticipos.
Cuando lo pusieron en libertad anduvo el pobrete con su queja de Caifás a Pilatos; pero como no presentaba testigos ni documentos, lo calificó el uno de loco y el otro de bribón.
Dejando aparte otras granjerías que tuvo este bribón con los pobres indios, fue de pública voz y fama que sólo en la venta de rosarios (que en Lima valían dos reales) se ganó la friolera de veinte mil duros.
Don Simón Antonio, a quien exaspera la lenta marcha de su prisionero, lo hostiga a cada instante, haciendo chasquear el látigo y gritando con irritada voz: -¡Vamos, apúrate, grandísimo bribón!