casino


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  • sustantivo

Sinónimos para casino

círculo

Ejemplos ?
¡Ah, Eugenia, mi Eugenia!» Y se encontró a la puerta del Casino, donde ya Víctor le esperaba para echar la cotidiana partida de ajedrez.
Tengo que escribirle. Pero no desde aquí, sino desde casa. ¿Iré más bien al Casino? No, a casa, a casa. Estas cosas desde casa, desde el hogar.
Pero entiéndase que todo ello es partiendo de la base, ¡oh querido pariente!, de que tu generoso corazón y el ilustre nombre que llevas sabrán hacerte prescindir de ciertos resabios de colegio, cuartel y casino, y ahorrar descontentos y sinsabores a la respetable dama y a la digna señorita que, eficazmente secundada por su activa y robusta doméstica, te libraron de morir en mitad de la calle...
-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino. Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal.
A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre.
La noche de la cena al aire libre las tres mujeres habían ideado vestirse como para casino, con trajes escotados de gasa y seda liberty y sombreros de los de enormes plumas y ala formidable.
Sus amigos de casino, de sport, de jolgorio, poco más le acompañaban: si al principio le visitaron unos cuantos, pronto se vio reducido al círculo de la casa, y, como no tenía el dulce vicio de la lectura, si se exceptúa la de periódicos europeos, pasaba las negras horas de reclusión con su mujer y con su hija.
¿o es la perla del casino mando la emprende con el walls corrido, sobre todo si la baila el secretario del gobierno militar, Pacarro?
Y Mari-Virginia subía a su trono con ilusiones de verdadera reinecita adorada, con esperanzas indefinidas de algo supremo, incomparable, que la tenía que suceder, y con alas en los hombros, alas invisibles, de plata y azul, como las de los angelines que cercan el trono de la Patrona de Alcazargazul, Nuestra Señora del Triunfo... La noche que siguió al certamen, después del baile del Casino, la muchacha no pudo dormir.
Tres veces el joven diputado bailó con la reinecita, y otras tantas la gente aplaudió, hasta que los socios del Casino, cogiendo las flores que adornaban las consolas, las habían arrojado a los pies de la pareja, a pesar de que el secretario de la Sociedad repetía, vigilante: -Hombre, no hasé tonterías, que van a resbalá...
Y el último pensamiento de Caín al dormirse ya no fue para la menor de las Contenciosas ni para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fue para los socios viejos del Casino que le llamaban platónico; «¡él, platónico!».
Dos colectividades que discrepen en aquella idea primaria no podrán vivir juntas, como un casino republicano y un casino jaimista.