Ejemplos ?
Por eso es que ha andado tratando con Nicolino, el judío italiano.» La suposición me satisfizo y por el momento dejé de lado mi curiosidad.
La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones.
¡Sin duda habías muerto! Amaneció. Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca de los facciosos. Llegué al salir el sol.
Tampoco dejé de mencionar la tos que en cierta época me había molestado, el reumatismo crónico hereditario, y, para concluir, la desagradable y odiosa, aunque cuidadosamente ocultada, flaqueza de mi vista.
Confieso, sin embargo, que me gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado por aquella a quien el prefecto llama «una cierta persona», se vea forzada a abrir la carta que le dejé para él en el tarjetero.
Pero de tal modo gobernó los afectos, que ni dejé de hacer cosa de las que deben hacer los buenos hermanos, ni hice alguna que fuese reprensible en un príncipe.» Advierte, Polibio, que el padre de todos es el que te ha referido estos ejemplos, y que él mismo te ha mostrado que para la fortuna no hay cosa sagrada ni reservada, pues se atrevió a sacar entierros de la familia de donde había de sacar dioses.
No supe cuánto tiempo pasé así, mas en cuanto hube recuperado algo el conocimiento, vi a lo lejos, entre sorprendido suspiro, un hermoso oasis de espigadas palmeras que rodeaban a un pozuelo de aguas muy transparentes, o por lo menos así lo aparentaban; era cual el jagüey del pueblo de mi abuela, ese que en Entre la bruma dejé relatado: un pequeñísimo lago de aguas estancadas; entonces me estremecí gozoso como si algo hubiese resplandecido en mi ser y mi cuerpo se repuso; lleno de inmensa y súbita felicidad quise proseguir, pero no pude; las piernas no me ayudaban.
Y como pienso que si me fuera a referir uno a uno a los demás tópicos desarrollados en este volumen de Addiego, Pérez y Duarte, es muy probable que incurriese en grave reincidencia, prefiero cortar aquí mismo – y corto sin vacilar – una exposición cuyo objetivo central creo – por lo demás - que ya dejé llenado.
tan elegante... Como una simple y bobalicona jovencilla me dejé atrapar. Aún resuenan en mi cerebro las palabras que nunca debió haber pronunciado.
7º- Declaro que no tengo otros bienes que el derecho que me asiste para reclamar al Estado todo lo siguiente: Pérdidas en mi casa en esta ciudad durante la revolución, calculadas concienzudamente, como seis mil pesos, pérdidas en la hacienda de Umaña, en bienes de campo que fueron confiscados y destrozados en la casa por fuerzas que pasaron y pueblos inmediatos que se habían pronunciado contra mí, como cuatro o cinco mil pesos; y últimamente todos los sueldos que disfrutaba como Presidente en los meses de la guerra hasta el dieciocho de noviembre en que me embarqué en La Unión, y dejé el país.
Las flores comenzaron a cerrar sus pétalos y como las luciérnagas brillaban mucho, las flores parecían millones de lamparitas de variadísimos colores. Yo prisionero de mi capullo, no obstante el pavor que sentía, no dejé de estremecerme ante tanta macabra belleza.
bra: Dijo el hombre a la Hilandera: a la puerta de su casa: —Hilandera, estoy cansado, dejé la piel en las zarzas, tengo sangradas las manos, tengo sangradas las plantas, en cada piedra caliente dejé un retazo del alma, tengo hambre, tengo fiebre, tengo sed..., la vida es mala...