Ejemplos ?
? Epsilon Incesante apetito deleitoso circula por mi cuerpo, sol inerte, persiguiendo una alianza que concierte a todas las pasiones sin reposo.
del infelice oigo una voz que me dice misteriosa: tanto crimen inhumano tanta sacrílega mano no te asombre; que en verdad, del hombre, os digo, el más pérfido enemigo es el hombre. ¿Ves el sueño deleitoso con que el señor poderoso se regala?
El conticinio casi ya pasando iba, y la sombra dimidiaba, cuando de las diurnas tareas fatigados, --y no sólo oprimidos del afán ponderoso del corporal trabajo, mas cansados del deleite también, (que también cansa objeto continuado a los sentidos aun siendo deleitoso...
Llegó a él el susurro deleitoso de los copados árboles vecinos, donde el gorrión inquieto y receloso píos lanzaba pretendiendo trinos.
Para gozar sus rayos bienhechores entreabrían su cálices las flores, manso alzaban las ráfagas murmullo en la hojarasca espesa, y a su tranquilo y deleitoso arrullo despertaban los pardos ruiseñores.
Y tu aire puro, tu apacible viento parece, en vuelo perezoso y leve, ser del Placer el deleitoso aliento donde el anhelo del placer se bebe.
Narciso, que con sed y caluroso, no menos que cansado, se hallaba, sombra para tomar algún reposo y agua do se refresque deseaba; y en fin llegando a un valle deleitoso, a una fuente su suerte le guiaba cual nunca la halló persona humana, ni cazando jamás Febo o Diana.
Y así en tu clima voluptuoso y blando que a siempre amar el corazón convida, ya entre amores eternos resbalando el sueño deleitoso de la vida.
Mas viendo que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de tantos y tan diversos paxarillos como en el deleitoso jardín estaban, habiendo en el tiempo de su elevación notado la belleza dél, tantos cuadros, tan hermosos árboles, tan intrincados laberintos, vuelto como de sueño, empezó a dar voces, llamando a su esposa, y los demás de su casa, diciéndoles que se levantasen, verían la mayor maravilla que jamas se vio.
Lo que el Niágara cuenta; las voces del torrente; los gemidos del alma humana; la majestad del alma universal; el diálogo titánico entre el hombre impaciente y la naturaleza desdeñosa; el clamor desesperado de hijo de gran padre desconocido, que pide a su madre muda el secreto de su nacimiento; el grito de todos en un solo pecho; el tumulto del pecho que responde al bravío de las ondas; el calor divino que enardece y encala la frente del hombre a la faz de lo grandioso; la compenetración profética y suavísima del hombre rebelde e ignorador y la naturaleza fatal y reveladora, el tierno desposorio con lo eterno y el vertimiento deleitoso en la creación del que vuelve a sí el hombre ebrio de fuerza y júbilo...
Pasaron así algunos años, y los elegantes directores de la ya popular diversión veraniega, cediendo a los rigores del tiempo, que en su marcha inalterable todo lo agosta, lo arruga y lo encanece, tuvieron que abandonar como actores aquel teatro, y limitarse al papel más cómodo, aunque menos deleitoso, de espectadores.
No rondaré sin tregua tus umbrales, Haciendo resonar en tus oídos El ya enojoso, por cantado a tantas, Himno de amor. En el misterio vive Y del profano vulgo se recata Este mi oculto deleitoso fuego.