Ejemplos ?
Mas cuando a los húmedos lugares del blanqueciente litoral se acerca y tierna vio a Atis cerca de los mármoles del piélago, lanza su embestida: ella demente huye a los bosques fieros.
Después de revelarle ésta su cuita y de escuchar humil- demente la merecida reprimenda, el sagaz arzobispo Las He- ras la hizo vestir la sotana, manteo y birretillo de su secre- tario, encaminándose al Carmen con el improvisado familiar.
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor: —Si lo fueses.:., te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.
Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente...
-Sujetadle -ordenó el compañero del anciano, que era un médico más joven. A viva fuerza se llevaron al demente; mientras los dos sabios conducían el inanimado cuerpo de la niña.
-Les decía -declaró el demente- la verdad: que el vivir no importa nada; que la vida más larga dura poco, y la más feliz es amarga; que este mundo es el destierro, y que muriesen contentos, porque verían la cara del Padre.
De buena gana hubiese dado de puntapiés a la puerta de la celda y sacado a Manuel, enviándole a su sierra libre y luminosa, después de darle un abrazo fraternal. ¿Qué opina usted del demente?
Y como alzasen los ojos hacia la reja de la celda de la demente, pudieron ver, sobre cortina de llamas y humo, un rostro aterrador, y oír una voz que gritaba: -¡Ahí va el Niño!
Así como piedras en valle solitario mudos e inmóviles quedamos; pero cada corazón latía agitado e intenso, cual tambor de un demente.
Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo: -Yo no le conozco a usted.
Y yo estaba mirando hacia abajo y le dije, “Sí.” El próximo minuto sentí algo golpeando mi pecho. Antes que me diera cuenta, había sido apuñalado por esta mujer demente.
¿Y entre esta gente me invitas a quedarme? ¿Por qué indicio pudiste sospechar que esté demente? Viva aquí el abogado que en su oficio hace blanco lo negro, y que defiende la virtud ofendida como el vicio.