deplorable


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  • all
  • adjetivo

Sinónimos para deplorable

Sinónimos para deplorable

desastroso

Sinónimos

Ejemplos ?
En este estado los Jefes Militares referidos hicieron presente a esta Municipalidad que para no ser perturbado en la libre agregación al estado de Costa Rica a que se ha constituido este Partido, se hayan absolutamente en una deplorable situación sin fondos y sin armas para sostenerse, ser perjudicados pues cabalmente no aparecen más que veinte y seis fusiles inútiles por lo que en este caso será muy necesario que el estado determine y disponga de las fuerzas de auxilio que deberán resguardarnos como parte integrante del mismo, atendiendo a las conjuraciones y disensiones de la Provincia de Nicaragua de donde podremos acaso, ser sorprendidos.
Porque si el uno no hace sino revestir con una forma abigarrada y un traje lleno de perendengues y flecos y alamares un maniquí sin vida, el otro dice, sí, algunas veces cosas sustanciosas y de brío —entre muchas patochadas— pero cosas poco o nada poéticas, y, sobre todo, las dice de un modo deplorable, en parte por el empeño de sujetarlas a rima, que se le resiste.
Naturalmente que fué en ese lugar, principalmente, así como en los campamentos y el hospital de Arlés, donde prestamos nuestros modestos auxilios, habiendo socorrido a personas de distintas categorías sociales que se encontraban, todas, en el mismo estado deplorable de abandono y miseria.
---- Al espectáculo repugnante de la mujer-gendarme, se da el nombre de feminismo; siendo ese deplorable hombrunamiento lo contrario de la idea que expresa ese vocablo moderno.
Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación helénica era deplorable; que a lo sumo, solo podía compararse al dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.
l estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra argentina.
Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos recitaba la tirada de Théramène, sin mirar el libro; aquí fue donde el profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia sobre el yodo, que destruyó todas las esperanzas de verme convertido en un Lavoisier; en este sitio memorable fui sostenido por M.
Sí, señores; lo único que nubla mi espíritu es el recuerdo de los que han caído víctimas de tan sagrado deber y para los que pido la gratitud argentina, aunque comprendiendo que algún sacrificio era indispensable para reparar tan deplorable situación.
Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil.
Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.
Es carne de mi carne, ungida con el óleo sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora, rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores, pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero aún no nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos de la educación a los dos años se erguía en su silla de brazos, a la hora de comer, y no cejaba jamás en su empero de ponerse en pie sobre el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones, metió un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable educación...
Entonces los teucros hubieran vuelto en deplorable fuga de las naves y tiendas a la ventosa Ilión, si Polidamante no se hubiese acercado al audaz Héctor para decirle: —¡Héctor!