Ejemplos ?
¡Vieja puta!. -Un celoso de su honra reprendía con no muy apacible encanto a la mujer que lo acompañaba. Y su voz pretendía aumentar de volumen como para impresionar a todos los de la calle.
En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto... Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando, puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio.
Pero el encanto —la absorción de todos los sentimientos de un hombre—que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura como igual: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo.
De tus ojos presto No veré mas el fuego y la hermosura, Hay hoy entre mis penas fui dichoso: Tu rostro hermoso Fue el dulce encanto Con que mi llanto Volver solías En alegrías: Pero ¡Hay!
Éste se abrió como por encanto y el hombre quedó convertido en una pequeña nave cósmica que a velocidad increíble se perdió entre las sombras de aquel anochecer.
Cantor de la amargura y negras decepciones; sin otro encanto que el de encontar sus propias heridas, de las cuales siempre manaba sangre, lo veíamos, como los jóvenes españoles de su tiempo han de haber visto a Espronceda.
Los días lejanos florecían en mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de rosas marchitas y una vieja armonía de versos: ¡Ay, eran las rosas y los versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina!
Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doña Margarita. Me recibió con una sonrisa de noble y melancólico encanto: —No te ofendas si continúo bordando este escapulario, Bradomín.
El otro, el verdadero Napoleón, si hubiese sido un poco romántico, se habría también enamorado de ella y llevándola a París la habría dejado irradiar sobre Francia su genial encanto femenino, pero hubiese, a la vez, impedido sus intervenciones políticas.
las penas que suspira por la noche el ruiseñor y el rayo de la luna sobre el aura temblador, no vierten un igual encanto para mí que el beso de tus labios de coral.
13 Cenarás bien, mi Fabulo, cabe mí, en pocos –si a ti los dioses te favorecen– días, si contigo trajeras una buena y magna cena, no sin una cándida chica, y vino y sal y todas las carcajadas. Esto si, digo, trajeras, encanto nuestro, cenarás bien; pues de tu Catulo lleno el bolsillo está de arañas.
—Lo llevaremos al pasadizo de la curiosidad, pues como este repulsivo humano resultó ser un curioso, por estar mirando cosas que a él no le incumben, ahí morirá sin remedio al no controlar su impertinencia de fisgón. Sólo podría salvarse si resiste abrir los arcones del encanto y las puertas de la seducción.