esbelto

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  • adjetivo

Sinónimos para esbelto

gallardo

Ejemplos ?
Rodeadas de los viejos de Pacarejtampu, iban las cuatro parejas de los hermanos Ayar. Llamas esbeltas de atrevido e inquieto mirar ondulaban bajo las cargas de vivos matices.
Había visto en la Vaubyessard duquesas menos esbeltas y de modales más ordinarios, y abominaba de la injusticia de Dios; apoyaba la cabeza en las paredes para llorar; envidiaba la vida agitada, los bailes de disfraces, los placeres con todos los arrebatos que desconocía y que debían de dar.
Usted delante. — Palacios de mármol, jardín con cipreses, naranjos redondos y palmas esbeltas. Vueltas y revueltas, eses y más eses.
Delante del señor había varias mesillas enanas, donde en áureos y repujados azafates, en ligeros canastillos, en esbeltas ánforas y en cálices esmaltados, se ofrecían para regalo de la vista, del olfato y del paladar, licores, conservas y sazonados frutos.
Grandes palmeras se alzaban esbeltas hasta el techo; el sol parecía hacerlas transparentes, y a sus pies crecía una rica vegetación con flores rojas como fuego, amarillas como ámbar y blancas como nieve recién caída.
Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos negras figuras femeniles -esbeltas a despecho del largo manto que las recataba- que de hinojos ante el presbiterio sobresalían, destacándose encima de aquel fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron, hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la puertecilla de la sacristía, que a la derecha bostezaba, abriéndose como una boca oscura.
sin más nutrimentos que los pútridos venenos que ofrecen luminosos supermercados en latas de felicidades aparentes, con rubias de categoría puta o morenas peludas perniabiertas de brazos alargados, y uñas esbeltas; con labios propicios para el chupón de acero o miradas promisorias de húmedos sueños; o también empaquetados paraísos que les dan la oferta de alcanzar la fama escondida en su precio de oro subterráneo y fiesta.
Figuraos un palacio árabe, con sus puertas enforma de herradura; sus muros engalanados con lilas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja de azulejos brillanles: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas; y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos.
Madrid de los gasómetros redondos, cual grandes tambores. Madrid de las esbeltas humeantes chimeneas. Madrid de los obreros denegridos y trabajadores y de las hembras feas.
- II - Un dúo de Auber El autor vio enfrente de sí una mujer de veinte años, cuyas señas personales irá diciendo; una bellísima mujer; una Eva del siglo XIX; una de esas mujeres que codician todos los hombres a los tres segundos de mirarlas; una mujer de aquellas que son esbeltas, aunque se envuelvan en un manto; hermosas, aunque se cubran con un antifaz; elocuentes, aunque callen; elegantes, sin vestirse; garbosas, sin andar; adorables, sin pretenderlo; una mujer, en fin, toda armonía, cuyo pie hubiera bastado a cualquier hombre bien nacido para adivinar el conjunto, pues los hombres bien nacidos tienen, en materia de mujeres, el instinto de la proporción y la ciencia de la simetría.
Entre la multitud, las vicuñas alzaban sus esbeltas cabezas inquietas; los aljos, especie de perros, merodeaban mudos, al pie de sus rebaños; tendíanse a descansar, agrupadas, las alpacas de sedosa piel, y, las llamas cimbreándose bajo el peso de las cargas, caminaban a menudos pasos entre los emigrantes.
Al hombre, más débil y más inerme que el cordero, el espíritu, convertido en herrero y en pirotécnico, le ha dado armas y fuerzas mil veces mayores que las del león; al hombre, más desnudo que el perro chino, el espíritu convertido en tejedor, en sastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido más primorosos trajes que al pavón, al colibrí y al papagayo; al hombre, poco más listo que el topo ó el mochuelo en punto á ver, el espíritu, convertido en fabricante de catalejos, le ha dotado de vista más penetrante que la del águila; al hombre, que jamás hubiera hecho natural é instintivamente algo que valiese media colmena, el espíritu, convertido en arquitecto, le ha enseñado á construir alcázares soberbios, torres esbeltas...