esposo


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Sinónimos para esposo

marido

Sinónimos

Sinónimos para esposo

consorte

Ejemplos ?
Pero ese retrato fue pintado hace más de cincuenta años. Cuando me casé con mi segundo esposo, monsieur Lalande, me hizo ese retrato la hija de mi primer marido monsieur Moissart.
¡Qué estupidez espantosa he cometido! No debí haberlo hecho nunca. Abandonar a mi esposo así... y a mis hijos... Y tan solo por un capricho imbécil...
-Llegó pitando a todo estruendo un vigilante desorientado. - ¡Este hombre que medio mató a mi esposo! -Vociferó la mujer al mismo tiempo que se hincaba para tratar de detener con un pañuelo la hemorragia nasal de su marido.
La palabra «esposo» parecía siempre -para usar una de sus delicadas expresiones- «en la punta de su lengua». Pero entretanto todos advirtieron que él la evitaba de la manera más evidente y que prefería encerrarse solo en su camarote, donde bien podía decirse que vivía, dejando plena libertad a su esposa para que se divirtiera a gusto en las reuniones del salón.
Y tú, mi dulce amiga, cuyo hermoso corazón es el ara del amor conyugal y la ternura, que por seguir y consolar tu esposo, en tabla mal segura osaste hollar con varonil denuedo mares por sus naufragios tan famosas, y cortes más que mares procelosas; tú, que aun en medio del dolor serena, viste abrirse a tus pies la tumba oscura, ni asomada a su abismo te espantaste, y ansiedad, y amargura, en los pesares sólo, mal merecidos, de Risel mostraste, o cuando el tierno pecho te asaltaba dulce memoria de tu patria ausente; ¡oh!, entonces no sabías que al volver a tu patria y tus amigos en premio el cielo a tu virtud guardaba lo que negó a diez años de deseos, y que madre a tu madre abrazarías.
A la inversa de lo ocurrido en las ciudades lusitanas o de ese origen y en las españolas de Andalucía o indianas con mayoría de habitantes de esa estirpe de tradición morisca, lugares, todos, donde la mujer vivía entonces casi oculta para quienes no fuesen sus familiares próximos, en Montevideo desde los primeros tiempos la mujer salía libremente a la calle y en su hogar tenía estrado amplio para recibir y agasajar a los visitantes extraños y extranjeros que el esposo o el padre juzgaban dignos de recibir bajo el techo familiar.
Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa.
Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.
Cerró la noche, pero en medio de la oscuridad voló un brillante cohete desde la costa al buque embarrancado; el cohete arrojó un cable, quedó establecida la comunicación entre los náufragos y la costa, y pronto una linda joven fue transportada en la canasta de salvamento por sobre las olas encrespadas y furiosas; y se sintió infinitamente dichosa cuando, poco después, tuvo a su lado, en tierra firme, a su joven esposo.
Tú no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...» La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente...
Las muchas veces que mi esposo cayó herido defendiendo a don Carlos (menos la última, que, indudablemente en castigo de estar ya de acuerdo con el traidor Maroto, no halló quien lo auxiliara, y murió desangrado en medio de un bosque), fue socorrido por campesinos de Navarra y Aragón que no aceptaron reintegro ni regalo alguno...
Recordó aquella leyenda: Un día que había salido con un cesto lleno de viandas, la detuvo su esposo, que vigilaba estrechamente sus pasos, y le preguntó, airado, qué llevaba.