fígaro


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  • sustantivo

Sinónimos para fígaro

Ejemplos ?
Y las costumbres no se varían en un día, desgraciadamente, ni con un decreto; y más desgraciadamente aún, un pueblo no es verdaderamente libre, mientras que la libertad no está arraigada en sus costumbres, o identificada con ellas" (Fígaro, "Jardínes públicos").
Probablemente, señor Fígaro, después de haber sido gran abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla ministerial, y el Consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis días en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama imperecedera.
Yo, señor Fígaro, era impetuoso y naturalmente inconstante; menos servía, pues, para casado, ni nunca pensara en serlo; pero de resultas del bombardeo de Cádiz murió mi madre, que, gozando por sus relaciones de familia de algún favor, hubiera adelantado mi carrera: otro favor que me hicieron las circunstancias.
¿Y periódicos? ¿No es verdad, señor Fígaro, que también ha dicho usted periódicos? -Sí, amigo mío, lo he dicho -concluí conduciéndolos hasta la puerta y despidiéndolos-; pero le aconsejaría de buena gana que en eso de los periódicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aquí no los hay siempre...
Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría mejor a Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que tenía una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos años; pero Fígaro (así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy armoniosamente)...
¿Y no hay circunstancias para los que logran?» Ésta es, señor Fígaro, mi posición: o yo no entiendo las circunstancias, o soy el hombre más desdichado del mundo.
Vea usted si me inclino a todo lo que es favorecer a usted, o más bien a hacerle justicia. Dice usted hablando de mí: «Fígaro hace anónimos los sustantivos “riesgo” y “peligro”».
Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 en que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquel con que vine al mundo, y ora fui el «Duende satírico», ora el «Pobrecito hablador», ora el «Bachiller Munguía», ora «Andrés Niporesas», ora «Fígaro», ora...
En estas reflexiones estaba ocupada mi fantasía no hace muchos días, cuando recibí una carta que, por confirmar mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna a este objeto, de que pensaba hacer un artículo de costumbres, quiero trasladar ad pedem litterae a mis lectores. Decía así la carta: Señor Fígaro Muy señor mío: A usted, señor Fígaro, observador de costumbres, me dirijo con dos objetos.
¡Ay, señor Fígaro, como yo le vea famoso, muero contento! Hízome a esta sazón Tomasito una cortesía tan zurda que no pude menos de fundar grandes esperanzas en sus disposiciones literarias.
o no sé si se acordarán todos los suscriptores de nuestro decano periódico de aquel Fígaro condenado a provocar su sonrisa eternamente, tenga él o no humor de divertirse a sí o a los demás.
-Señor Fígaro -me dijo don Cándido abrazándome-, aquí le presento a usted a mi hijo Tomás, el que sabe latín; usted no ignora que yo le crío para literato; ya que yo no puedo serlo, que lo sea él y saque de la oscuridad a su familia.