festón

(redireccionado de festones)
También se encuentra en: Diccionario.
  • sustantivo

Sinónimos para festón

colgante

Sinónimos

Ejemplos ?
Hay quien dice que jamás ha sido tan refinada y tan adorable la parisiense como en tiempos de «la santa muselina»; es decir, desde 1830 á 1838, en que el velo simpatizó de lo lindo con el sombrero, y éste hizo también grandes migas con las gasas de Menfis, las batistas del Mogol, las muselinas de Colconda, los encajes de Malta, la batista «Manfrignense»—¡oh, Balzac!—, el tul, los encajes Chantilly, Inglaterra y Bruselas, á más de los festones de puntilla y los primorosos bordados que hacían del velillo un verdadero primor.
Un arco rehundido en el muro, en el fondo del cual se veía la imagen del Redentor enclavado en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defendía de la intemperie, y el pequeño farolillo colgado de una cuerda, que lo iluminaba débilmente, vacilando al impulso del aire, formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de yedra que habían crecido entre los oscuros y rotos sillares, formando una especie de pabellón de verdura.
Arrebatado de rabia, rompí de un puñetazo el vidrio que cerraba la ventana, y pasé del retrete a las ramas de un coposo chirimoyo, cuya cima elevándose sobre los árboles del jardín mostrome la galería alumbrada por un lustro cargado de rosadas bujías; y por entre los festones de madreselva en flor, una mesa primorosamente servida, y a la condesa, que, en medio a un cortejo de jóvenes acicalados, hacía los honores de la cena.
Estrechamente al de Fernando unido Escrito en letras de oro centelleas: Y en medio a los magníficos festones A las bellas guirnaldas con que el arte Tu cifra con la suya enlazar pudo, Es más estrecho el nudo Con que la voz del regocijo alzando Su alborozado aplauso al raudo viento, Suben Juntos a herir el firmamento Los nombres de Cristina y de Fernando.
Coronando ese todo maravilloso, una guirnalda de las mismas flores que adornan la túnica, abre sus blancos pétalos entre hojas de esmeralda, dejando caer hacia atrás dos largos festones hasta lo bajo de la falda.
Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de cuero finísimo, recamadas de oro y plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos.
Hasta el vértice de aquella pajiza techumbre llegan las guaduas que se cruzan en arcos ojivales; más abajo se entrelazan los chusques, formando tupida, erizada bóveda de verdura; cuelgan de las vigas racimos dorados de plátano guineo, gajos descomunales y artificiosos de naranjas y enormes ramos de espigas rojas de cardo y de flor de uvito; ringleras de palomas de cuerpo de cera negra y de cola y alas de papel plegado en forma de abanico medio abierto, se mecen al extremo de hebras sutiles; la naranjuela, ese recurso decorativo de tierra fría, se columpia en gargantillas desde las vigas, pende en festones por las paredes...
Con galas distintas Ostentan las flores Penachos y cintas De vivos colores; Coronas radiantes Y gasas delgadas, Festones, turbantes Y tazas doradas; Capullos cubiertos Con gran simetría, Y senos abiertos Al aura y al día.
En el carro del trueno el iris prende sus festones de lila y de granada, y, cuando el rayo los turbiones hiende, la procelaria audaz el vuelo tiende sobre las ondas de la mar airada.
Floridos rosales de enredadera y otras plantas, que se ceñían a los troncos, y pasaban de un árbol a otro, como festones y guirnaldas, formaban allí misteriosa espesura y apartado recinto.
Habíala pasado escalando los flancos de las montañas, y al amanecer me encontraba a una altura donde reinaba un frío penetrante, y la nieve cubría de blancos festones la copa de los tolares.
Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho.