Ejemplos ?
Y, según esto, debiendo César temer a Marco Bruto más por heredero que por flaco y descolorido, se aseguró del mayor riesgo con el menor.
¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
-exclamó lleno de asombro, al ver a éste, pálido, desencajado, con el hirsuto cabello sobre la frente y en los ojos la expresión de un dolor infinito, sin fondo, sin fronteras; a Joseíto, que flaco...
Las mujeres que han sido varoniles, siempre fueron milagrosa aclamación de los siglos; porque, cuanto es de ignominia renunciar lo bueno que uno tiene, es de gloria renunciar lo malo y flaco.
Porque cuando en el monte se embravece hórrida tempestad, el flaco arbusto trabajado del ábrego perece, mas al humilde suelo nunca inclina su excelsa frente la robusta encina, antes allá en las nubes señorea los elementos en su guerra impía y al fulgurante rayo desafía.
Eutifrón: ¡Por Júpiter!, Sócrates, si su imprudencia llega al punto de atacarme, bien pronto encontraré su flaco, y correrá más peligro que yo delante de los jueces.
Entusiasmado continué su lectura... El globo flacucho Había una vez un globo muy, pero muy flaco; tan flaco que parecía una plumita blanca.
Yo no le acataba el pliegue, yo no le acataba el hueso; como yo me enflaquecía, lo medía con mi cuerpo, se me iba poniendo flaco como yo me iba poniendo.
Lo esperaban el director, un hombre de baja estatura, morrudo, con cabeza de jabalí, pelo gris cortado a «lo Humberto I», y una mirada implacable filtrándose por sus pupilas grises como las de un pez: Gualdi, el contador, pequeño, flaco, meloso, de ojos escrutadores, y el subgerente, hijo del hombre de cabeza de jabalí, un guapo mozo de treinta años, con el cabello totalmente blanco, cínico en su aspecto, la voz áspera y mirada dura como la de su progenitor.
Un elefante enfurecido, durante una siesta, la mató a colmilladas. Farjalla continuó en el oficio. Era él un congolés alto, flaco, de nariz ganchuda. Pertenecía al rito musulmán.
Y flaco, y vacilante y macilento, estaba el mercader como una sombra al pie de la pared del aposento donde otro tiempo holló morisca alfombra, y do imperando resonó su acento.
Todas las noches se sienta su sombra junto a mi lecho; y apoyándose en el pecho donde abrigo a su amor di, con presión que no calienta, con voz que apenas percibe mi oído que la recibe, me pregunta: «¿Me amas, di?» Y yo siento que mi aliento flaco y lento le responde: «¡Te amo, sí!» Y la sombra enamorada en mi frente un beso deja, y a pesar suyo arrastrada por la atmósfera se aleja, y exclama desesperada: «¡Me ama!, ¡le amo… y le perdí!