Ejemplos ?
En aquella amplia extensión no había vegetación de ninguna clase; no había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía ser capaz de arrastrar.
Ya en esto, ya tenía yo tos los pájaros otra vez dentro del jato, y al verlos ya dentro, salto el mostrador y saco una pieza de pana gris, que ya estaba yo tentao de regalársela a los ratones, porque no había un alma caritativa que la metiera el diente.
na inmensa agua gris, inmóvil, muerta, sobre un lúgubre páramo tendida; a trechos, de algas lívidas cubierta; ni un árbol, ni una flor, todo sin vida, ¡todo sin alma en la extensión desierta!
El ogro negro y su gruesa suegra Si don Tigre de Bengala no se hubiera marchado tan pronto y su entusiasmo lo hubiera detenido un poco, hubiera visto como el ogro de mugre negro salía de una gruta gris.
Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata –la obra de un obús.
Mi soledad y tu recuerdo, ¡oh, qué dulzura!, ¡sentir lejanamente, sentir muy vagamente una caricia lánguida deshecha de ternura que del alma a los ojos sube constantemente! La palidez lluviosa de la mañana gris...
Se ataviaba con una chilaba gris, tan andrajosa, que hasta llegaba a inspirarles piedad a las miserables campesinas del aduar de Mhas Has.
Una mañana en que hacía un tiempo de perros, gris, húmedo, en una palabra, abominable, significó, sin embargo, para Jorge el principio de uno de los días más radiantes y bellos de su vida.
El amor se despierta en el gris de su ritmo, Nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre, Pero nuestro optimismo se convierte en tristeza Al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Su ciclópea boca de hinchados y gruesos labios dejaba ver una dentadura podrida; el espeluznante gris de sus ojos refulgía furibundo; los resoplidos que daba por su aplastada nariz eran nauseabundos.
Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose con las tintas más vivas.
La lluvia silenciosa sobre la pena gris... Frío... Monotonía de la lluvia sin fin. Frío... Melancolía paralítica y ruin. El tedio de la hora bosteza en el verdín de la fuente que llora paralítica y ruin.