Ejemplos ?
-repitieron todos volviéndole la espalda-. El segador alargó la mano maquinalmente. - ¿Te parece poco? -gritó uno-. ¡Pues no quiere su dinero! Vaya..., vaya....
-Yo iré a llamar al médico -dijo la madre, acabando de vendar a su modo la pierna rota del capitán. -¡Eso no! -gritó la hija, entrando en la alcoba-. ¿Qué se diría de mí?
Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos de oro..., y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza. -Soltad a esa mujer -gritó Orso-.
-¡Entre usted con cinco mil de a caballo! -gritó el Capitán, loco de alegría, corriendo a abrir la puerta y olvidando todas las alarmas y reflexiones-.
-¡Quítate de ahí, Angustias! -gritó la madre, reparando en ello. -El tiro que sonó primero -prosiguió diciendo la llamada Angustias-, y a que han contestado las tropas de la Puerta del Sol, debió de dispararlo desde la buhardílla del número 19 un hombre muy feo, a quien estoy viendo volver a cargar el trabuco...
—¡A Matasiete el matahambre! —Allá va —gritó una voz ronca, interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz—. ¡Allá va el toro!
Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya ha triunfado? - Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad! -gritó Rubens. - ¡Eso es aspirar a ella!
¡poned unos diez o doce! - ¡Once a la derecha! -gritó el boticario, dirigiéndose al mancebo. El mancebo repitió, después de escribir: - "Deuda"...
¡Pagarme ella!... -gritó el Capitán con tanto dolor como furia, levantando en alto las muletas, hasta llegar con la mayor al techo de la sala-.
-¡Yo no me quedo sola con este señor! -gritó la gallega-. ¡Su genio de demonio póneme el cabello de punta, y háceme temblar como una cervata!
Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma llegando en tropel al corredor de la casilla lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala. —A ti te toca la resbalosa —gritó uno.
Una tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no encontrándome, entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un muerto. —¡Federico!—gritó corriendo a mi. No contesté una palabra, ni me moví.