Ejemplos ?
Colócame a tu lado junto a ellos, mis maestros, padres y madres que están en tus cielos, cuando tenga que dejar la tierra Rechaza a los malditos destructores de un ensueño apabullado por los impostores, y a terribles llamas condenados hazlos que se arrepientan y dejen de gritar su cruel infierno.
Ni una voz, ni el eco de un paso. Hablé en alto, por si me respondían; grité: me contestó el eco de mi propio gritar. El sol brillaba sobre los cuerpos sin vida, sobre la urbe trágicamente muda.
Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fue un abrir y cerrar de ojos. - ¡Jesús me ampare! -empecé a gritar-. - ¡Deteneos!
Nada. «¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie. Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
¡Qué es sino un mísero, diminuto y maniatado ser por los reglamentos y el terror, un maquinista de tren del cual se pretendiera exigir calma al abordar un cierto empalme! No es el mecánico azul, con gorra, pañuelo y sueldo, quien puede gritar a sus jefes: ¡La calma soy yo!
En punto a juegos, las criaturas estaban acordes en reconocer en su padre a un maestro, particularmente en su modo de correr en cuatro patas, tan extraordinario que los hacía enseguida gritar de risa.
Al entrar vimos a Sócrates, al que ya habían despojado de los hierros, y a Xantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejantes.
Levanto ahora la mirada al gallo que se ha posado sobre el borde de la valla, y veo que tiene una significación muy distinta del de la veleta, tan encumbrado, pero que, en cambio, no puede gritar, y no digamos ya cantar.
La pequeña Molly y Antón iban con frecuencia a la montaña, y un día dijo ella: -¿A que no te atreves a llamar a la roca y gritar: ¡«Dama Holle, Dama Holle, abre, que aquí está Tannhäuser!?».
Texto Si bien aplaudieron al decir de Bruto, presto mostraron que su discurso no había agradado a todos; porque, como poco después Cinna en público empezase a maldecir a César y a gritar oprobios contra él, acusándole con desvergüenza, se enfureció el pueblo, y arremetieron a despedazarle por insolente, y lo hicieran si no se ocultara en el concurso.
Las dos ranas se quejan Pidiendo una limosna A una ranita nueva Que pasa presumida Apartando las hierbas. Ante el bosque sombrío El caracol se aterra. Quiere gritar. No puede.
Y temblando su deseo, recorría los parajes sin nombre todavía, propulsado de fuegos solares tras el momento de pregonar sus pasos y gritar la verdad de su universo.