Ejemplos ?
Y coleccionaban mariposas, y escarabajos y gusanitos y sapos. Y les gustaba brincar y revolcarse en la tierra. Hacer túneles, cuevas y caminitos en las arenas, o pasteles y castillos de lodo, o bolas y muñecos de nieve.
No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.
-Soy también un caballero fino -dijo el cuello-, tengo un calzador y un peine. Lo cual no era verdad, pues quien los tenía era su dueño; pero le gustaba vanagloriarse.
Y allí seguían los dos, semejantes a un rey y una reina, bajo el árbol fragante; y él contaba a su anciana esposa la historia del hada del sabucal, igual que se la habían contado antes a él, cuando era un chiquillo; y los dos convinieron en que en aquella historia había muchas cosas que corrían parejas con la propia; y lo que más se parecía era lo que más les gustaba.
"Con su conversación y lisonjas desvanecido, gustaba de hablar muchas veces con los embajadores, ignorando que la familiaridad con ellos le granjeaba la sospecha y el aborrecimiento del rey." Sólo faltan los manteles a esta acción para ser la misma del rey de Francia, que no temió menos a Gonzalo Fernández que los romanos a Aníbal.
Era de físico poco atractivo y garboso; su gallardía la llevaba en el corazón. No le gustaba el exhibicionismo, calidad importante, ayer como hoy, para alcanzar renombre y popularidad.
El señor Wagner, músico muy conocido del siglo XIX, le gustaba salir a pasear por los bosques cercanos a su mansión, allá en la Alemania de l880, luego de haberse dedicado durante muchas horas a componer sus sinfonías y sus óperas.
A la pequeña María Enriqueta, por su espíritu investigador, ella misma lo cuenta, le gustaba pasear por los huertos de su Coatepec, por sus calles, por sus alrededores.
Cuando estaba alegre, le gustaba adornarse con preciosos cascabeles y salir a pasear por las noches entonando canciones melancólicas que el viento nocturno se encargaba de extender por todas las poblaciones.
Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro: – Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.
Pero he aquí que no se dio cuenta de que otros ojos, más grandes y más lucientes, lo seguían desde la copa de un alto árbol. Era el tecolote que le gustaba espiar a los gatos monteses para asaltarlos y dejarlos ciegos.
Se acordaba incluso de haber intentado una vez tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en un partido de croquet que jugaba consigo misma, pues a esta curiosa criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a la vez.