Ejemplos ?
Que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo. PANCRACIO Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una estatua.
-Hace calor, ¿Gustas un poco de aguamiel?- Preguntó nuevamente el tlacuache, a lo que el ocelote respondió: -No, porque ayuno y prometí a TLALOCTLI no faltar a esta penitencia.
Con una sonrisa en los labios, después de hacerles firmar el acabóse de sus pertenencias, les decía: -¿Gustas un té que te dará la paz?
—¡Oh Eutidemo!, respondí yo; no puedo comprender en su fondo todas estas cosas magníficas, si bien comienzo a vislumbrarlas. Quizá te haga una súplica impertinente, pero perdónamela, si gustas.
--Puedes mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas --replicó la oveja, --pero no podrás mirar todo alrededor tuyo...
Mira que quieres que se haga en esto, que a fe de quien soy, y que soy más de lo que tú imaginas, como sepa que tú gustas de ello, que aunque piense perder la vida, te ha de cumplir lo prometido, o que hemos de morir él y yo por ello.
Al anochecer, cuando los enormes carros iban camino de las eras, cargados de gavillas, Selmo y La Sordica volvían juntos, por la senda que rodea el lugar; y el mozo decía a la zagala, muy cerca del oído, sin duda a causa del defectillo que declara el apodo: -Na, mujer; en la chola se ma ha metío y en el querer muy aentro... Tú vas a ser mi novia... No me des un esaire, borrega, que me gustas más que el agua de tu cantarita...
Carmencita, poniendo un hociquito compungido, continuó de corrido: -Pero como no le gustas a mi confesor, hijo, no hay nada de lo dicho.
¡Óyeme, diosa bienaventurada, que tienes un negro esplendor, brillante de astros; que te alegras del reposo y del profundo sueño, jocunda, encantadora; que gustas de las largas vigilias, madre de los sueños, olvido de las penas, propicia; que descansas de los trabajos, inspiradora de himnos, amiga de todos, arrastrada por caballos; que luces en la oscuridad, conseguida a medias, terrestre y uránica alternativamente; que circundas y jugueteas, deslizándote por los efugios del aire; que empujas la luz hacia el Hades o vuelves hacia el, porque la abrumadora necesidad vence a todas las cosas!
Un poco antes de terminar el baile, me declaré a ella, diciéndole que la amaba; y ella me respondió con ingenuidad encantadora: «También tú me gustas a mí mucho.
¿Qué te parecería Rotterdam, a ti que gustas de los bosques de mástiles y de los navíos amarrados al pie de las casas?...» Mi alma sigue muda.
Muchas gracias, coqueta; muchas gracias, aduladora, ya sabes que me gustas con los cabellos largos y cómo te odiaría con la trenza cortada, fea, como un muchacho.