Ejemplos ?
Prosiguió su camino y llegó a la sombra de un alhelí, por el que trepaba una oruga. -¡Qué hermoso es el mundo! -exclamó la oruga-.
-brindó, y cuando los vasos volvieron a quedar vacíos, levantando la botella, añadió-: ¡Has asistido al día más hermoso de mi vida; nunca más volverás a servir!
Brilló el sol, espléndido, por encima de los verdes árboles; parecía decirle: «No estés triste, Juan; ¡mira qué hermoso y azul es el cielo!.
Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto?
- “¡Hay que ver lo que el viajar aguza el entendimiento!” - pensó. Los rayos del sol caían directamente sobre él, y el sol le parecía hermoso.
-No fue un cuento -dijo ésta-; el cuento viene ahora. Las más bellas leyendas surgen de la realidad; de otro modo, mi hermoso saúco no podría haber salido de la tetera.
Pero la tristeza no rezaba con él y Molly; por eso se ponía a silbar una canción del trovador Walther von der Vogelweide: - “¡Bajo el tilo de la campiña!” Y qué hermoso era especialmente aquello de: - “¡Frente al bosque, en el valle tandaradai!
No sé si adivinaste, o lo has sabido porque te haya quizás contado alguno, que tales armas siempre he apetecido y no menos tu hermoso hábito bruno.
La luz melancólica del atardecer daba tonos tristes al aposento; Rosalía, atenta al menor rumor, no apartaba los ojos de la puerta; la impaciencia adquiría en ella trágicas manifestaciones; comprendía que su fin se acercaba, se lo profetizaba la silenciosa hecatombe que dentro de ella tenía lugar, un algo que dentro de su ser extenuado convertíase en escombros, y al presentir que era llegado el momento de abandonar aquellos miserables andrajos corporales en que habíase convertido la espléndida flor de su hermosura, y al convencerse de que muy en breve hundiríase en lo insondable sin volver a ver por la vez postrera el semblante varonilmente hermoso del hombre querido...
Tendió en torno suyo una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso, con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas del toque de agonía: - ¡Franceses!...
Cuando así hablaba, salíamos del hermoso soto de castaños que rodea la aldeíta de Illaos, y nos deteníamos al pie de uno, ya vetusto y carcomido, que sombreaba cierta casuca achaparrada y semirruinosa.
Regaló un hermoso reloj al médico y veinticinco duros a la criada, y con todo ello se pasó en aquella casa un verdadero día de fiesta, a pesar de que la respetable guipuzcoana estaba cada vez peor de salud.