inclinado

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Ejemplos ?
Al principio creyó haber hallado lo que iba buscando, y no cesaba de examinarlo y de investigar el sitio en el que pudiese estar el mal, pero de primera intención sólo encontró la mitad del pulmón, que está en un lado del pecho, y cuando la vio inclinada hacia un costado (como él entendía que el órgano no podía estar más que en el centro, así a lo ancho como a lo largoo del cuerpo), no dejó de sondear en el centro del pecho, hasta que dio con el corazón.
Manuscrito original: letra de José Monterroso; dos fojas; papel con filigrana; formato de la hoja 305 x 210 mm.; interlínea de 10 mm.; letra Inclinada; conservación buena.
Las tierras no cultiva nadie, se mullen los cuellos de los novillos, no, humilde, con los curvos rastrillos se purga la viña, no la hoz atenúa, de los podadores, del árbol la sombra, 41 no el terrón arranca con la inclinada reja el toro, 40 sucia robín los desiertos arados recubre.
Y Doña Margarita los besó, para ocultar que se reía: Después les dijo, tendida hacia mí su mano delicada y alba: —Este caballero es el Marqués de Bradomín. La Infanta murmuró en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de su madre: —¿El que hizo la guerra en México?
Con ambas manos asidas de su ventana ambas hojas, inclinada la cabeza para que más prestos oigan sus oídos, fijo, inmoble tras la reza, fatigosa la respiración lanzando por la mal cerrada boca, con los espantados ojos saltándole de las órbitas, como escuálido fantasma que miedo infantil aborta, quedó en su reja Genaro sin voluntad que le acorra, dudando si es pesadilla de sueño que le acongoja.
Que iba a llamar a Haig para decirle que Argentina, si bien estaba muy bien inclinada a estudiar la propuesta, se había visto en la obligación de poner de lado dicha actitud, en vista de lo ocurrido.
Que Irlanda parecía inclinada a hacerlo y que Jordania, Togo, Uganda y Zaire también manifestaron su acercamiento hacia Argentina y condenaban la postura británica.
Estos intercambios indicaban la existencia, dentro del Consejo de Seguridad, de una minoría inclinada a solicitar la convocatoria mientras la mayoría apreciaba conveniente esperar la producción de nuevos acontecimientos o la negativa de las partes a aceptar los buenos oficios del Secretario General.
Mil veces me detuve yo, su hermano más que su amigo, en el centro de la habitación para contemplar a Dolores, que, puesta en pie delante de su querida jaula, inclinada sobre los alambres y mostrando en su rostro cierta satisfacción melancólica, seguía con ojos curiosos los múltiples y ágiles movimientos de aquellos preciosos animales, que, ya saltaban por entre los barrotes de su cárcel, ya esponjaban sus plumas en la bañera de metal, ya elevaban sus dulces trinos al espacio, ya, picoteando los granillos de alpiste esparcidos por el suelo de su vivienda, se perseguían los unos a los otros con un rumor continuo de gorjeos y de alas, alegres en su cautiverio, más alegres aun porque su zambra retozona distraía las angustias y los pesares de su dueña.
Nataniel se despertó un día como de un sueño penoso y profundo, abrió los ojos, y un sentimiento de infnito bienestar y de calor celestial le invadió. Se hallaba acostado en su habitación, en la casa paterna, Clara estaba inclinada sobre él y, a su lado, su madre y Lotario.
Tenía la cabeza inclinada sobre la palma de la mano derecha y el brazo sobre las rodillas, los ojos a la parte contraria de la puerta por donde entró Mario, de manera que, aunque él iba hacia la parte donde ella estaba, ella no le veía.
No podía caber duda, no; suyos eran aquellos ojos oscuros y sombreados de largas pestañas, que apenas bastaban a amortiguar la luz de sus pupilas, suya aquella rubias y abundante cabellera que, después de coronar su frente se derramaba por su blanco seno y sus redondas espaldas como una cascada de oro, suyos, en fin, aquel cuello airoso que sostenía su lánguida cabeza, ligeramente inclinada como una flor que se rinde al peso de las gotas de rocío, y aquellas voluptuosas formas que él había soñado tal vez, y aquellas manos semejantes a manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos, comparables sólo con dos pedazos de nieve que el sol no ha podido derretir y que a la mañana blanquean entre la verdura.