mejilla

(redireccionado de mejillas)
También se encuentra en: Diccionario.
  • sustantivo

Sinónimos para mejilla

cachete

Ejemplos ?
Sus amargas lágrimas caían sobre la ramita de jazmín, la cual crecía y se ponía verde y lozana, mientras la palidez iba invadiendo las mejillas de la doncella.
Otro monstruo extraordinario, en nada parecido a los hombres mortales ni a los inmortales dioses, tuvo Medus en una cóncava gruta: la divina y astuta Equidna, mitad ninfa de ojos vivos y hermosas mejillas, mitad en cambio mosntruosa y terrible serpiente, enorme jaspeada y sanguinaria, bajo las entrañas de la venerable tierra.
Estaban jugando. El muchacho tenía las mejillas coloradas, rubio cabello ondulado, ojos azules de expresión leal. Era el hijo del rico comerciante, Antoñito, él mismo.
Pero la fina muchacha, la amiga de su niñez, la hija del general, permanecía de pie, con un rubor en sus mejillas, de ordinario tan pálidas, los grandes ojos abiertos, la boca tan elocuente, a pesar de que no salía de ella ni una palabra.
Al principio hablaron, pero sus rostros se desecaron; sus pies, sus manos, sin consistencia; ni sangre, ni humores, ni humedad, ni grasa; mejillas desecadas sus rostros; secos sus pies, sus manos; comprimida su carne.
Un vivo rubor cubrió las mejillas de la muchacha, que le respondió apretándole la mano y mirándole con sus expresivos ojos azules.
Eurínome, hija del Océano, de encantadora belleza, le dio las tres Cárites de hermosas mejillas, Aglaya, Eufrósine y la deliciosa Talía.
El semblante de Rosalía reverberó con aquel pálido destello de esperanza surgido en su pecho, y oprimiendo convulsivamente el escapulario blanco y azul que acababa el sacerdote de ceñir a su cuello, lo besó con ferviente ahínco, y -Gracias, padre -balbució, a la vez que dos lágrimas se perdían como en una placa candente al rodar en sus mejillas.
Eetes, hijo de Helios que ilumina a los mortales, se casó con una hija del Océano, río perfecto, por decisión de los dioses, con Idía de hermosas mejillas.
Dice Pepe que ésas no las compra jasta la víspera. Y la muchacha enmudeció sonriendo maliciosamente, mientras sus mejillas se cubrían de tonos purpurinos.
Luego engendró, amancebado con Gea, al enorme Taumante, al arrogante Forcis, y a Ceto de hermosas mejillas, Euribia que alberga en su pecho corazón de acero.
Habría jurado que nadie podía acusarte de ese defecto. Se detuvo, y, a pesar de las penumbras, creí que sus mejillas subían de color.