pepita


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  • sustantivo

Sinónimos para pepita

pipa

Sinónimos

moquillo

Sinónimos

Ejemplos ?
Higinio se tragó el desaire y continuó frecuentando la sociedad de sus compadres, pero decidido a hacerles una que les llegase a la pepita del alma.
¡Pepita, Pepiita! -Déjela usté, señora, déjela usté, que ya la veré otro día. -No, si acaso, cuando se vaya usté a dir, nos asomaremos al patio, porque es que yo sé en lo que se estará entreteniendo...
Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la niña de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del cacallero, que también era vecino de Doña Casimira, habitando en el otro tercero, no dudaron ya que en sus moradas todo sería bienestar y ventura con haber llevado a ellas a los dos gatitos.
Imagínome que don Ventura Travada debió ser andaluz; pues no contento con hacernos tragar un rábano gigantesco, añade que en 1741 se encontró en el mineral de Huantajaya una pepita de plata pura que pesaba treinta y tres quintales, habiéndose empleado cables de navío y aparatos mecánicos para desprenderla de la roca.
Aquí era el caso de decirle al bueno de don Ventura lo de «¿Y a eso llama usted pepita? Pues a eso, en toda tierra de cristianos, se llama doña Josefa».
A Felipe II le enviaron también del Perú una pepita del tamaño de la cabeza de un hombre, la cual se perdió con otras riquezas en el canal de Bahama.
Y no pudieron terminar el diálogo las dos amigas, porque en aquel momento gritó desde la puerta del patio la hija de la Cenachos, una chavalilla greñuda y esctiálida, de magníficos y negrísimos ojos, interrumpiendo a Pepilla la Picarona: -Venga usté, Pepita, que en la ventana hay un hombre preguntando por usté.
Y esto lo dijo la vieja al ver cómo aquél deslizábase ágil como una serpiente por sobre el brocal del pozo y un momento después estrechaba entre sus brazos a Pepita, que miraba en torno suyo como asustada.
Lo que no impedía que Alejandro y Pepita maltratasen al pobre Fígaro, que, cuando podía, se vengaba de ellos clavando en sus manos los dientes o las uñas; pero como era tan pequeño no les hacía gran daño.
A pesar de lo mucho y bien que discurría don Casto en materias lírico-dramáticas, como él decía, era lo cierto que en once años había visto dos veces el teatro Español por dentro. No había visto más que La vida es sueño y La redoma encantada. -¡Cómo se va a alegrar Pepita! -iba pensando camino de su casa.
Ya poseedor de ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando pacientemente, no su heredad entera (pues le faltaría abono para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato chico, y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da de beber a un niño.
Y es de considerar, que la pepita del cuesco, tiene tanto veneno y malicia, que si alguna persona, o animal la come, muere luego sin ningún remedio, como si hubiese comido cualquier veneno corrosivo, como Solimán o Rejalgar.