Ejemplos ?
Y después de una breve pausa, en que se imaginaba el bendito aquella vida hipotética de calavera, repetía con menos convicción y menos ruido: -Sí, señor, sería un pillo, un asesino, un ladrón, un libertino...
Cuando un pillo expira en un patíbulo, todas las personas honradas que llevan su apellido se apresuran a decir que el del difunto era de otra rama y aun de distinto tronco.
Era un marido ultrajado, y ciertas cosas, ¡vive Dios!, nunca se olvidan. Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba con dureza: «Tú eres un pillo que finges ultrajes por conservar tu libertad.
Menos ingenioso que aquel pillo, que contó a los primeros huelguistas romanos el apólogo del cuerpo en que el estómago eran los patricios y los brazos y las piernas los plebeyos, que debían trabajar para alimentar el estómago que les pagaba el servicio elaborando sangre para ellos, asegura que quienes padecen con la huelga general no son los ricos, que tienen automóviles y pueden ir y venir cuándo y por donde les plazca y comer como de ordinario porque tienen almacenes bien surtidos, sino los trabajadores que no pueden cambiar de lugar en busca de otro amo que los explote, ni pueden satisfacer el hambre porque no tienen almacenes ni reservas ae ninguna clase.
- ¡Oh! ¿Eso te ha dicho? ...jo...jo...jo...! ¡Qué pillo! - ¿Entonces usted conoce a mis padres? - ¡Claro! La buena de Irma te llevaba a visitarme cuando eras pequeñita.
Libre del perro, volviose la mujer hacia el niño, y un: -¡Ah pillo!- lanzado con mucha cólera, indicó a Luisito que era ocasión de volver a huir, como así lo hizo; mas no con tanta presteza que no le alcanzara un huevo que a modo de proyectil disparole la mujer.
¡Podía ser mejor, que para eso robó bastante cuando fue ministro de Hacienda! ¡Valiente pillo! -Fíjate en el epitafio que le han puesto a don Milón, que no fue sino un borrico con herrajes de oro y albarda de plata.
Esto era todo lo que deseaba el pillo del criado y, para no tener que volver a hablar de esto, después supe que si me hubiese negado a tomarlo él hubiera deslizado sin que yo me diese cuenta uno de aquellos objetos en mi bolsillo.
Este daño no tenía remedio; si corría, para escapar a las persecuciones de este malvado, los pinchos me desgarraban: si, para ahorrar este dolor, aflojaba el paso, caían los palos, que era una bendición. En fin, parecía que este pillo sólo tenía una idea: matarme de un modo u otro.
Y se hallaba tan quieto que cada día se arrastraba cual ola sofocada por algas; y olvidamos nuestro destino amargo que espera por igual a pillo o necio, hasta que una vez, volviendo del trabajo con andar pesado pasamos junto a una tumba abierta.
Así es que la reticencia era su fuerte, y con un interrogante, unos puntos suspensivos y un gesto de «¡qué pillo soy!» resolvía todas las cuestiones, arrancaba a su placer las carcajadas al auditorio y enredaba a sus convecinos cada día en un berenjenal de pleitos y rencillas, extraviándoles más y más la justicia con lo vago de sus maliciosos pareceres.
¡Jui! que las pillo yo al vuelo... -Pero, señor, fegúrese usté que el hombre me llama y me ice: «doy el reló pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar a los carpinteros y albañiles que han de juriacar la paré, porque la cosa estará aquí en toa la semana que viene.» -¡Hola!...