Ejemplos ?
Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara, veíamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en el espacio.
A pesar de lo dicho creo, y la gratitud nos obliga a creer, que la restauración ha prestado al país un gran servicio; nos ha dado un período dé paz relativa, y en la paz hemos visto claro lo que antes no veíamos; se decía que nuestros males venían de las guerras, revoluciones y pronunciamientos, y ahora sabemos que la causa de nuestra postración está en que hemos construído un edificio político sobre la voluntad nacional de una nación que carece de voluntad.
No veíamos a dos dedos de distancia, y los compañeros del otro grupo habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el buen camino.
Los rebeldes veíamos a los aviadores de la dictadura como los peores elementos, como los más cobardes, porque, conociendo que nosotros carecíamos de armas antiaéreas, podían ametrallar y bombardear a su antojo, tanto a nuestras columnas como a la población civil, sin que nosotros pudiéramos responder el fuego.
Y lo hacían, y nosotros íbamos en el furgón cantando, “Debemos Vencer.” Y de vez en cuando estábamos en la cárcel, y veíamos a los carceleros mirando a través de las ventanillas conmovidos por nuestras oraciones, y conmovidos por nuestras palabras y nuestras canciones.
Y teníamos otras obligaciones, tambien de corto plazo, del gobierno, del sector privado, de los bancos mexicanos, por algo así como 15 mil millones de dólares más o sea, que no eran los tres mil y tantos, en realidad estabamos hablando de menos cuarenta y tantos mil millones de dólares en ese momento, eso era lo que veíamos.
Tenemos problemas o teníamos problemas en la leyes, un marco jurídico que tenía una bola de agujeros por donde los narcotraficantes se nos metían, de tal manera que cuando se les arrestaba veíamos que al poco tiempo estaban otra vez en la calle cometiendo sus fechorías.
Debían ser caballos bereberes de España, nacidos de yeguas fecundadas por el Céfiro, pues corrían tanto como el viento, y la luna, que había salido con nosotros para iluminarnos, rodaba por el cielo como una rueda soltada de su carro; la veíamos a nuestra derecha, saltando de árbol en árbol y perdiendo el aliento por correr tras nosotros.
La nieve, fina, blanda, de fantástica levedad, caía sin prisa, y la veíamos al través de los vidrios, con lo cual se aumentaba esa extraña y dulce sensación de seguridad y egoísmo característica del invierno en interior lujoso.
No lo veíamos como un fenómeno astronómico de los cielos, sino como un íncubo sobre nuestros corazones y una sombra sobre nuestros cerebros.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos.
De cuando en cuando, en horas de ocio o de extrema congoja, veíamos con superlativa sorpresa que de lo más hondo de nuestra persona salía nuestro verdadero yo, y que este yo era un niño, un niño incorregible, un pequeño cazador de mariposas, voluntarioso e indomesticable, que siempre esperaba lo absurdo.