blancor


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Sinónimos para blancor

blancura

Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos Vox © 2022 Larousse Editorial, S.L.
Ejemplos ?
La habitación estaba que embestía de limpia; brillaba el suelo recién fregado; los muebles, a los que un poco de petróleo hacíanle aparecer como recién salidos de manos del barnizador; la cama, que tentaba al reposo con el blancor de su colcha y de sus almohadas también blanquísimas; las flores, que en tiestos y macetas dábanle al balcón aspecto de jardín, y, por último, la figura de Amparo redondeada por los primeros síntomas de la maternidad; con el bellísimo rostro de gitano abolengo radiante y expresivo, con los encendidos labios contraídos por una sonrisa y los magníficos ojos adormecidos y como impregnados de enervadoras caricias.
Cuando aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores y se hace lo que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas, los cuernos decrecen, se hace de su luz más estrecho el orbe, 740 se contrae su comisura, vuelven sus hombros y manos, y su pezuña, disipada, se subsume en cinco uñas: de la res nada queda a su figura, salvo el blancor en ella, y, con el servicio de dos pies la ninfa contenta se yergue, y teme hablar, no sea que a la manera de la novilla 745 muja, y tímidamente las palabras interrumpidas retienta.
Y cuando hoy, por considerarlo falso, creen que la Escritura sólo contiene pasajes que lo contradigan, cuando lo hayan reconocido por verdadero, hallarán numerosísimos pasajes que con él concuerden; quizá reconozcan entonces con cuánta justicia declara la Santa Iglesia que Dios ha puesto al Sol en el centro del Cielo, y que él, en consecuencia, girando sobre sí mismo como una rueda, asegura el movimiento de la Luna y de los otros astros errantes, cuando canta: «Dios Santísimo, que pintas con ígneo blancor la superficie del cielo proveyéndole el agregado de una luz espléndida, quien, el cuarto día, has constituido la rueda inflamada del Sol, fijando el curso de la Luna y de los astros errantes» .
Rosalía parecía dormida; sus cabellos encrespábanse como un reluciente oleaje alrededor de su cabeza; la muerte había devuelto a su rostro la belleza que amortiguaran horas antes las contracciones del dolor, y una serenidad que tenía algo de celeste beatitud, enseñoreábase de aquella faz que con los grandes ojos entornados parecía como sumida en un a modo de plácido sopor; sus manos, cruzadas sobre el pecho, oprimían el blanco escapulario que le llevara don Leovigildo minutos antes, y los tallos de algunas flores, cuyo blancor competía con el del sudario que envolvía modelándolas sus formas rígidas y descarnadas.
Ni a tu cabellera llegarán los dedos Que la pulsen como las cuerdas de un arpa. ¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!, Cuyo aliento tiene blancor de biznagas.
Como en la patria natal veréis el blancor que culmina allá donde en la tierra austral erige una Suiza argentina sus ventisqueros de cristal.
La azotea, la blanquísima azotea, cegaba con el blancor de sus bien enjalbegados muros y con los espléndidos tonos de las flores, que en numerosas macetas adornaban el murete corno una greca florida, a los ardientes rayos del sol que parecía querer incendiar el zafir de los cielos y el cristal purísimo del espacio.
En la pila, un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una lira o del asa de un ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre como si fuese labrado en un ágata de color de rosa.
La enfermedad apenas había conseguido amortiguar los encantos de la moza, que era alta sin exageración, de talle esbelto, de seno algo tímido que hundíase como para dejar aproximarse sus hombros; sus ojos eran negros, dulces, melancólicos, ojos de oriental abolengo, adoselados por cejas que parecían trazadas con antimonio, de encorvadas y larguísimas pestañas de azabache, que acentuaban con su sombra sus ojeras, que morían en los algo descarnados pómulos coloreados por el mortal padecimiento y cuyos tonos contrastaban rudamente con el intenso y casi fantástico blancor de su tez empalidecida.
Mi sombra seguía de aquel laberinto la sierpe encantada, en pos de una oculta plazuela cerrada. La luna lloraba su dulce blancor.
Desnudo al látigo de la ventisca algente doblegaré las garras de los aires estrellados y templaré mi carne pordiosera entre el blancor de alguna falda trágica para llegar a las alturas níveas de mi cumbre a toda asta donde rodando aludes despeñaré una lágrima.
Y Citerea besos triunfales daba a la Noche que su manto abría como la flor del loto en los canales, y la luna en blancor de eucaristía nevaba apoteosis de rosales.