cuello


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Sinónimos para cuello

alzacuello

Ejemplos ?
No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.
-preguntó, a la vez que cogía una de las desfallecidas manos a la enferma, que seguía mirándole con el espanto en los ojos, y al ver que nada le respondía, continuó con voz dulce y acariciadora-: Me he enterado por mi hermana de que estás algo malucha, y ahora, al pasar por la esquina, pues voy a casa de Bastián, que tiene a la menor de sus mozas con un calenturón que la está achicharrando, pues me dije yo: «Ya que estamos tan cerca, vamos en un vuelo a ver a Rosalía, y a llevarle este escapulario de la Santísima Virgen de Lourdes, para que durante tres meses la rece tres Avemarías en acción de gracias por haberle devuelto la salud». Y digo en acción de gracias porque estoy segurísimo de que te pones buena a los dos días de tenerlo colgado al cuello.
Mas ya en las brisas del jardín aspiro el perfume de nardos con que ungiste tu cuerpo para nuestros esponsales. IV Cuando tiendo mis brazos a tu cuello A causa del suicidio del poeta, el poema ha quedado para siempre inconcluso.
Cuando el tío Cáncamo penetró en las habitaciones que ocupaban en uno de los corralones del Perchel Lola y su madre, ocupábase ésta en atarse al cuello el pañuelo de la cabeza, en tanto aquélla, fresca, limpia y riente, iba de acá para allá, dedicada a sus domésticas faenas.
Sobre la construcción y reacondicionamiento de escuelas, una observación, a título de que se pinta en las escuelas restauradas que las obras se hicieron por intervención del PRI, el Gobierno, es decir, los contribuyentes, independientemente a qué partido pertenezca, ponen el dinero y pagan el personal, pero es el PRI el que se para el cuello, eso es un juego sucio para ganar imagen electoral.
Y una hora después, cuando todos ellos, en una de las concavidades de las rocas, apiñábanse los unos contra los otros para mejor resguardarse del viento huracanado y del frío intolerable, sintió Antonio posarse suave una mano sobre su hombro y escuchó una voz susurrante, la voz de Pedro el Áncora, que le decía a la vez que ceñíale al cuello el escapulario que para él bordara la hija del señor Paco el Levantino: -Tómalo, que es tuyo.
e vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba pensamientos ingratos.
¿Valía más que viviese? Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma.
Efectivamente: don Jorge, desde la alcoba, vio entrar en la sala a doña Teresa casi arrastrando, colgada del cuello de su hija y de la criada, y con la cabeza caída sobre el pecho.
Tampoco dejaron de fijarse en una muy vieja medalla de oro que llevaba al cuello bajo sus vestiduras, y en que aquella medalla representaba a la Virgen del Pilar de Zaragoza; de todo lo cual se alegraron sobremanera sacando en limpio que el capitán era persona de clase y buena y cristiana educación.
Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.
Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.