entrecejo


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Sinónimos para entrecejo

intercilio

Sinónimos para entrecejo

ceño

Sinónimos

Ejemplos ?
Volvamos a la misma cocina una hora más tarde. Todos están más locuaces que antes, y hasta el viejo labrador ha desarrugado su habitual entrecejo.
Ya sonreía afectado por ideas seductoras, ya el entrecejo fruncía por negros recuerdos de otras; y tan absorto se hallaba con sus visiones gloriosas, que ya alzaba el sacerdote la sacratísima forma, y él, sin bajarse a adorarla, en su quietud silenciosa continuaba con escándalo del pueblo que cree y adora.
- exclamó frunciendo más que de costumbre el entrecejo el señor Frasquito - ¿No comprende ese alma mía que si la Rafaela acerta el mantón del Galafate, gustándole él más que el Galafate, la Rafaela no se merece ni que él le entorne el párpado, ni que la mire a la cara?
Habíasele corrido la venda que a modo de turbante llevaba sobre el cano entrecejo, y mostraba los labios sangrientos de una cuchillada que le hendía la frente.
Pero las muchachas, aunque feas como espan- tajos de maizal, y tontas como charada de periodista ultramon- tano, podían encontrar marido, fK)r amor á sus monedas, y reclamar la paterna herencia, idea que bastaba para que el señor padrastro frunciera el entrecejo.
Al oírle me incorporé en las almohadas, y le dije con altivo desdeño: —Fray Ambrosio, he sufrido demasiado en estos días para perder el tiempo ocupándome de usted. Arrugó el entrecejo e inclinó la cabeza: —¡Es verdad!...
No la dulcificó el viejo marinero cuando la sardinera volvió a encararse con él; antes bien, cargó de nubes el ya tempestuoso cariz de su entrecejo, y por toda respuesta a tantas preguntas y declamaciones, largó a su vecina, a quemarropa, con la voz de un cañonazo, esta sola palabra: -¡Bribona!
Pero fue el caso que el Apóstol, arrugado el entrecejo, leyó y releyó el documento, le dio mil vueltas, y por fin, sin mirar al portador, dijo mal humorado: -¡Ni pago ni acepto!
No frunció el entrecejo, porque no tenía cejas; pero nos miró con tal ceño, que parecía que tenía los ojos cerrados, mientras la precipitación con que llevaba su mano cartilaginosa a la barbilla mostraba miedo y sorpresa.
Sus expresiones eran de tenaz desafío, y con el entrecejo fruncido miraban fijamente al vacío que había ante ellos, con tal intensidad, que miré involuntariamente detrás de mi para ver qué estaban mirando.
Y siguió dando minuciosos detalles sobre aquel asunto, detalles que su superior oía con un manifiesto desagrado, su entrecejo se fruncía y todo en él revelaba impaciencia creciente y cuando el capataz repetía por su segunda vez sus argumentos: -Es, pues, imposible aumentar los precios porque, entonces, el costo del carbón… -un “Ya lo sé” áspero y seco le cortó la palabra bruscamente.
Por beber una sola copa me volvería loco y daría en cambio los rebaños de todos los Cíclopes, y me tiraría al mar desde una roca resbaladiza, una vez borracho, desarrugado el entrecejo.