garganta


También se encuentra en: Diccionario.
  • all
  • sustantivo

Sinónimos para garganta

Sinónimos para garganta

Ejemplos ?
La sierra se ofrece llena de heridas cicatrizadas, o estremecida de agudos cauterios de luces blancas. Thamar estaba soñando pájaros en su garganta al son de panderos fríos y cítaras enlunadas.
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal.
Aquella mano de poder y de voluntad me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes carreteras bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar una masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel equívoco paisaje de las afueras una capa granizante de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.
El Cónsul pide bandeja para los senos de Olalla. Un chorro de venas verdes le brota de la garganta. Su sexo tiembla enredado como un pájaro en las zarzas.
al conjuro de tu acento, lejos viaja el pensamiento por País de Sueños y Hadas; y en las frondas encantadas del jardín de las Estrellas, ha de cortar las más bellas, ante el asombro del Astro, para decorar con ellas tu garganta de Alabastro.
En aquel momento, mientras la columna de desconocido color brillaba con repentina intensidad y empezaba a entrelazase, con fantásticas sugerencias de forma que cada uno de los espectadores describió más tarde de un modo distinto, el desdichado Hello profirió un aullido que ningún hombre había oído nunca salir de la garganta de un caballo.
La anciana señora me decía esto emocionada y dramática, con mi mano entre las suyas amojamadas. Yo repuse en voz baja, temeroso de que la emoción me anudase la garganta: —¿Qué mal puede haber en que nos digamos adiós?
Hay memoria de que Vatinio, hombre nacido para risa y aborrecimiento, fue un truhán, donairoso y decidor, y solía él decir mucho mal de sus pies, y de su garganta llena de lamparones, con lo cual se libró de la fisga de sus émulos, aunque tenía más que enfermedades; y entre otros, se escapó de los donaires de Cicerón.
No puse lugar determinado para estos golpes: por cualquiera está dispuesto a aquello que llamamos morir, que es cuando se despide el alma del cuerpo: es cosa tan breve que no puede conocer su velocidad, ora sea apretando un nudo a la garganta, ora impidiendo el agua la respiración, ora la dureza del suelo rompa la cabeza de los que caen, o las comidas brasas corten el curso del espíritu que vuelve atrás.
El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía.
Un alarido ronco, profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios.
Matasiete se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola en seguida humeante y roja a los espectadores.