Ejemplos ?
Estaban alegres, a pesar de asistir a un entierro, pero bien sabían que el difunto estaba ya en el cielo, tenía alas mucho mayores y más hermosas que las suyas, y era dichoso, porque acá en la Tierra había practicado la virtud; por eso estaban alegres.
Por la madrugada, todas las ventanas del sótano estaban heladas, recubiertas de las más hermosas flores que nuestro hombre pudiera soñar; sólo que ocultaban la estufa.
Con Cadmo, Harmonía, hija de la dorada Afrodita, tuvo a Ino, Sémele, Ágave de hermosas mejillas, Autónoe, a la que desposó Aristeo de tupida cabellera, y a Polidoro en la bien coronada Tebas.
Era una escena de esplendor y magnificencia, un mar de luz y flores, de riqueza y gusto raros. Había tanto que ver, que hasta las hermosas manos de la esposa de Rubens pasaron inadvertidas.
Son nuestro calor, no se puede negar; son nuestro abrigo; son hermosas y resplandecientes: vistas, alegran las casas y las ciudades; mas guárdense con peligro, porque encienden cualquier cosa que se les llega; abrasan a lo que se juntan, consumen cualquier espíritu de que se apoderan, tienen luz y humo con que hacen llorar su propio resplandor.
Da vergüenza confesar el hombre que merece la muerte; y al fin, siempre procurará persuadir que antes recibió agravio que vida". Reconozco que debo a Quinto Curcio el acabar con hermosas palabras este tratado.
Doña Flor se peina con fleco para tocar la flauta Cuando Doña Flor florece, flota un perfume florista, y saca su flauta inflamada de amor. Peinada de florones, hace una floritura de hermosas flexiones.
Durante ese resplandor, las flores que no tenían en su interior luciérnagas, se desprendieron de la tierra y comenzaron a bailar; sus capullos semejaban hermosas faldas multicolores que al dar vueltas despedían un agradabilísimo y exquisito aroma.
Los que vivis de alcázares señores, Venid, yo halagaré vuestra pereza; Niñas hermosas que moris de amores, Venid, yo encantaré vuestra belleza: Viejos, que idolatrais vuestros mayores Venid, yo os contaré vuestra grandeza; Venid á oir en dulces armonias Las sabrosas historias de otros dias.
uince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz, a eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores, víspera o antevíspera de San Isidro, nuestro amigo el Capitán Veneno se paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria, apoyado en dos hermosas y desiguales muletas de ébano y plata, regalo del Marqués de los Tomillares; y, aunque el mimado convaleciente estaba allí solo, y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba, hablaba de vez en cuando a media voz, con la rabia y el desabrimiento de costumbre.
Otro monstruo extraordinario, en nada parecido a los hombres mortales ni a los inmortales dioses, tuvo Medus en una cóncava gruta: la divina y astuta Equidna, mitad ninfa de ojos vivos y hermosas mejillas, mitad en cambio mosntruosa y terrible serpiente, enorme jaspeada y sanguinaria, bajo las entrañas de la venerable tierra.
Recordaba lo que su madre había dicho acerca de la viruta de la vela, y recordaba también las hermosas pompas de jabón, cada una de los cuales era un año -había dicho la mujer-, y ¡qué brillantes y ricas de colores!