Ejemplos ?
Pues mírale allí por debajo de la cuerda royéndole los zancajos, que ya se le ve el hueso, abrasándole en chismes, maldiciéndole y engañándole, y volviendo en gestos y en muecas las esclavitudes de la lisonja, lo cariacontecido del semblante y las adulaciones menudas del coleo de la barba y de los entretenimientos de la jeta.
Una mañana, cuando el Buddha estaba cerca de Shravasti, en el bosque de Jeta, en el estado de Anathapindika, Él y Su congregación de mil doscientos cincuenta monjes fueron a la ciudad para mendigar el desayuno; cuando regresaron y terminaron de comer guardaron las túnicas y los cuencos y se lavaron los pies.
?Papá, él me engaña desde hace mucho, mucho, tiene un departamento en Tonalá; por error me llegó un recibo, hace poco fuí, el vecino dice que vive ahí una señora sola, que por lo menos tiene diez años viviendo allí, no me animé a conocerla, pero un día voy y le rompo su jeta, no sé porqué no lo he hecho, supongo que es mas cómodo seguir haciéndome güey, en fin…, se despidió con un beso cariñoso y se retiró en silencio?.
-Pues dígole a vuesa merced -contestó con sorna el corregidor- que antes que tal vea, tendrán la vara dos negros con un jeme de jeta.
No faltaba quienes murmurasen de la familiaridad con que su excelencia trataba á un negro con un jeme de jeta; pero el buen virrey acallaba la murmuración diciendo:— El talento y la virtud no son blancos, negros, ni amarillos; y Cristo en el Calvario murió por los blancos, por los negros, por los amarillos, por la humanidad entera.
En cambio, al volverse hacia el gitano, veía una jeta de caricatura, una boca de puchero desportillado, unas pupilas malignas detrás de un matorral de cerdas grises.
A veces procedían de gente del pueblo, majos patilludos, tíos de avinagrada jeta y remendado calzón, gitanos astrosos, que la oleaban en la misma cara del marido, sin cuidarse de que le pareciese bien ni mal.
Siempre andaba avizorando por si en algún sitio descubría la ridícula jeta, la desportillada boca y los malignos ojos emboscados tras las cerdas grises de jabalí del donante de la milagrosa lima.
Entró luego en el corral sin aprensión ni cautela; y echando hacia atrás los codos y hacia delante la jeta, otro relincho lanzó mejor que la vez primera.
Figúrese usted..., vamos, verbigracia..., que aquí, delante de todos viene un individuo y le planta a usted un bofetón en mitad de la jeta...
Lo golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe, le hizo muecas y en el rostro del monstruo se dibujaron las mismas muecas. Retrocedió, y el monstruo retrocedió también, entreabriendo una jeta repulsiva.
Y yo le preguntaba: “¿Qué es lo que me va a hacer la justicia militar?” “Nosotros”, nos dice, “nos vamos a encargar de toda la responsabilidad en lo que atañe a la parte militar, y el juez Quiroga se va a hacer cargo de todo lo que hace a la responsabilidad en la parte civil”. Hasta dos o tres meses después de ese hecho, el juez Quiroga no mostró la jeta por ahí, ni por acá, ni por ningún lado.