madrileño


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  • adjetivo

Sinónimos para madrileño

matritense

Sinónimos

Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos Vox © 2022 Larousse Editorial, S.L.
Ejemplos ?
Creo firmemente, y tú lo creerás también, que un parisiense de pura raza o un madrileño castizo se morirían aquí durante el invierno de hipocondría, sin que la unción les alcanzara.
Ya bajo el sol que calcina, ya contra el hielo invernizo, el bochorno y la borrasca, el agosto y el enero, los copos de la nevasca, los hilos del aguacero, siempre firme, siempre igual, impasible, casta y buena, ¡oh tú, robusta y serena, eterna encina rural de los negros encinares de la raya aragonesa y las crestas militares de la tierra pamplonesa; encinas de Extremadura, de Castilla, que hizo a España, encinas de la llanura, del cerro y de la montaña; encinas del alto llano que el joven Duero rodea, y del Tajo que serpea por el suelo toledano; encinas de junto al mar —en Santander—, encinar que pones tu nota arisca, como un castellano ceño, en Córdoba la morisca, y tú, encinar madrileño...
Con cualquiera de estos contratiempos concluía el apasionado madrileño por sacudirse la ropa y marcharse punzado, aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque más cómodo.
A una playa, entre Muros y Salinas, sediento de quietud, de paz, de calma, iré a beber las ráfagas marinas que al cuerpo dan vigor y temple al alma, y a gozar, esquivando las injurias del mefítico ambiente madrileño, las auras aromáticas de Asturias, que vuelven a mis párpados el sueño.
Cuando el conquistador Juan de la Torre, el Madrileño, sacó en los tiempos de la rebelión de Gonzalo Pizarro grandes tesoros de una de las huacas vecinas a la ciudad, despertose entre los soldados la fiebre de escarbar en las fortalezas y cementerios de los indios.
on Evaristo López, español, madrileño, después de haber gozado, en su tierra, de respetable fortuna, malograda en los pasatiempos que, por todas partes, proporcionan a la gente, en diversas formas, los juegos de azar, había venido a caer, arrollado por la mala suerte, como hoja seca por el viento, en el pueblo de General Álvarez, recién fundado sobre una estación de la línea de Buenos Aires al Pacífico, estableciendo allí una modesta agencia de venta de billetes de lotería, en combinación con una casa de la capital.
Cuando el de Madrid, al lado de don Silvestre, se acercó al portal de la iglesia, el rumor que veinte pasos antes llegara bien claro a sus oídos, cesó de repente; levantáronse los hombres que estaban sentados, suspendieron los muchachos sus juegos y carreras, y descubriéndose todos respetuosamente, abrieron calle al madrileño y a su amigo hasta donde el primero juzgó oportuno detenerse.
Sospecho que si llegase a Bouzas impensadamente algún honrado burgués madrileño, y viese a aquella mocetona sola y a caballo por breñas y bosques, diría con sentenciosa gravedad que don Remigio Padornín de las Bouzas criaba a su hija única hecha un marimacho.
El Madrileño llevó su ferocidad hasta el punto de arrancar algunos pelos de la barba y bigote del muerto y adornar con ellos el escudo de su chambergo.
La compensación que ofrezco a esa jactancia es la confesión del error siguiente: en el que yo estaba al suponer que el pueblo madrileño -que me perdone esta suposición íntima que ahora confieso-, que el pueblo madrileño no era capaz del grado de heroismo, de bravura, de fortalecimiento al ciudadano, de virilidad, en suma, de que ha dado ejemplo en estas jornadas que habrán de quedar incorporadas, escritas con letras de sangre, a la historia de nuestra Patria.
Las escenas del portal de la iglesia se repetían cada día festivo, no solamente en este sitio, sino en el corro, adonde iba el madrileño a ver bailar y jugar a los bolos.
l año de ser diputado y madrileño adoptivo, Arqueta ya era bastante célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante del Congreso.