majestad

(redireccionado de majestades)
También se encuentra en: Diccionario.
  • sustantivo

Sinónimos para majestad

Ejemplos ?
Lo que consta es que el rey de España diversas veces envió sus embajadores a los reyes de Francia e Inglaterra, lamentándose de las molestias que dichos piratas han hecho en sus tierras de la América, aún en la calma de la paz; a cuyos embajadores se les respondió: Que tales hombres no eran sujetos, ni vasallos de sus majestades en las funciones de piraterías y que así S.
A Vuestra Merced pedimos y suplicamos se sirva, atendiendo a nuestra representación, (la) de suspender el que se nos demuelan las casas por el daño que se nos sigue de perderlas, sin esperanza de recompensas, como llevamos dicho, y informe nuevamente a Su Excelencia el Señor Virrey de estos Reinos y a el Señor Presidente y demás Señores de la Real Audiencia de Quito, cuán del servicio de ambas Majestades es el que se mude esta Ciudad al paraje (de) adelante del Puerto de Casones...
En la Muy Noble y Leal Ciudad de (Santiago) de Guayaquil, en diez y ocho de Junio de Mil y seiscientos y noventa y tres años, se juntaron a Cabildo, según lo han de uso y costumbre, los Señores Justicia y Regimiento que aquí firmaran sus nombres con el Procurador General, para tratar y conferir cosas tocantes al bien de la Republica y del servicio de ambas Majestades, y se trato lo siguiente: Necesidad de Harinas y Bastimentos.- En este Cabildo presentó petición el Procurador General, sobre la necesidad que hay de harinas y bastimentos, y se proveyó que se envíe persona con comisión amplia y barco para que conduzca todas las harinas que hubiere en las Bodegas de Naranjal.
Sabed que el Capitán Rodrigo de Salazar en nombre del Consejo, Justicia y Regimiento de esa Ciudad, nos ha hecho relación que en ella está fundado un Colegio de los Indios naturales de la advocación de San Andrés, de que Nos (ambas majestades) somos patrón(es)...
En cuya atención y las demás razones que conducen al fin de mudarse esta ciudad al paraje referido por el alivio general de los habitadores de esta provincia, su bien y utilidad y servicio de ambas majestades que hemos (dado) por expresadas en este nuestro escrito.
-Mucho sabes, Preciosa -dijo el tiniente-. Calla, que yo daré traza que sus Majestades te vean, porque eres pieza de reyes. -Querránme para truhana -respondió Preciosa-, y yo no lo sabré ser, y todo irá perdido.
Esta demudose, y todos los señores de palacio, en quienes opinión propia fuera un peregrino hallazgo, repitieron, no sabiendo lo que decían acaso, y de entrambas majestades queriendo seguir el rastro: «Pica muy bien; mas debiera haber picado más bajo.» Dos toros más se corrieron, en que caballeros varios con gala y con valentía gran destreza demostraron; mas es pretender lucirlo después del conde gallardo, exceso del amor propio, cuyos esfuerzos son vanos.
Quisiera ser muy cauto en mis apreciaciones —y no sólo por el ya aludido respeto que debo a quien se lo debo, sino también por el que siento hacia la lengua en la que me honro expresándome— pero tampoco debo dejar huir este momento que se me brinda para no callarme: quien la ocasión pierda, decía San Juan de la Cruz, es como quien soltó el avecica de la mano, que no la volverá a cobrar. Os suplico que me oigáis, Majestades, Señor Presidente, señores y señores.
onsiderando que los Lores espirituales y temporales y los Comunes reunidos en Westminster, representando legal, plena y libremente a todos los estamentos del pueblo de este reino, presentaron el 13 de febrero del año de Nuestro Señor de 1688, a Sus Majestades, entonces conocidas con los nombres y títulos de Guillermo y Maria, príncipes de Orange, una declaración escrita.
Llegó de vuelta con Gonzalo Fernández a Saona, ciudad de la nobilísima república de Génova, que un tiempo fue puerto, el cual suplicó mejorándole aquel gran Senado, que, venciendo las dificultades de la naturaleza, ha fabricado un muelle con acogida de perfetísimo puerto. Allí se juntaron las dos majestades, Católica y Cristianísima: dispúsose que comiesen juntos.
Dios le conserve su vida y la colme de favores, porque gasta sus tesoros en socorrer a los pobres. He de pelar mis rodillas al pie de nuestros altares, pidiéndole a Dios que guarde y premie a sus majestades.
En la ciudad de San Francisco de Quito, en diez días del mes de Diciembre de mil seiscientos y cincuenta y nueve años, el Cabildo, Justicia y Regimiento de esta ciudad, estando en su Ayuntamiento, es a saber: el General Don Diego se Sotomayor Baldenebro, Caballero de la Orden de Calatrava, Corregidor y los demás capitulares que se juntaron en la forma acostumbrada para tratar y conferir las cosas tocantes al servicio de las dos Majestades y útil de esta República...