maldiciente


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  • adjetivo

Sinónimos para maldiciente

murmurador

Ejemplos ?
Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se había de agraviar, no lo dijera.
CREMES.-Más que Calias. EL HOMBRE.-¡Este hombre quiere arruinarse! CREMES.-¡Maldiciente! EL HOMBRE.-¿Maldiciente? ¿Pues no estamos viendo todos los días decretos semejantes?
Gritó la posadera, entró la gente, se murmuró la historia comentada por el curioso vulgo maldiciente, y cuando en si volvió la desdichada, sólo encontró a su lado un hidalgo, que acaso acompañado de su mujer viajaba, quien, viendo su hermosura, condolida guardarla quiso la honra con la vida.
-¿Conque tras que usted se comió la miel por no dármela, encima me levanta un falso testimonio? Goloso y maldiciente, ¿no se le cae a usted el hocico de vergüenza?
Pero, como la mala bestia del vulgo, por la mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad, brío y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola.
Este discurso es el del infierno; no me arguyas de maldiciente porque digo mal de los que hay en él, pues no es posible que haya dentro nadie que bueno sea.
Y ese libro, inspirado por sentimientos innobles y mez- quinos, gozo de gran popularidad, haciendo llegar hasta nuestra generacion el nombre del maldiciente poeta.
Fue Juan Enríquez quien, por orden del presidente La Gasca, le sacó la lengua por el colodrillo a Gonzalo de los Nidos el Maldiciente, y al ver lo trabajoso de la bárbara operación, exclamó: -¡Pues había sido obra desarmar a un escorpión!
Uno de los murmuradores sostuvo que sólo en estos excomulgados tiempos de la República quedaban impunes los delitos, doctrina que sacó de sus casillas al buen anciano; porque interrumpiendo al maldiciente, dijo: -En todo tiempo, así en los del rey como en los de la patria, el que no tiene padrino se queda moro; y si no, oigan ustedes lo que presencié en Lima, en el primer año de este siglo decimonono y bajo el gobierno del virrey inglés: «Oidor de la Real Audiencia era el doctor Mansilla, quien entre sus esclavos tenía un negrito chamberí, al cual mimaba más de lo preciso.
Que la creencia en Dios creador, ordenador y juez, maldiciente, salvador y bienhechor del mundo se haya conservado en el pueblo, y sobre todo en las poblaciones rurales, mucho más aún que en el proletariado de las ciudades, nada más natural.
La envidia babosa de las privadas. La tortura estúpida de las mujeres de verdad, embozaladas por chusma maldiciente. La muerte en vida de las que sacrifican Venus a Virgo.
Y diose a murmurar con tanta destemplanza contra sus señorías los alcaldes, que éstos se amostazaron, enviaron al alguacil en busca del maldiciente, le echaron una peluca de padre y muy señor mío y por seis horas lo enjaularon en la cárcel.