marchito

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  • adjetivo

Sinónimos para marchito

mustio

Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos Vox © 2022 Larousse Editorial, S.L.
Ejemplos ?
Ahí estaban en el jarrón de bohemia donde las había puesto al acostarme. Medio marchitas ya pendían algunas sobre la mesa y dos de ellas cubrían el camafeo montado en oro verdoso.
La nave deja los climas donde soplan vientos leves, y ve de lejos las cimas de las congeladas nieves. Nuestra juventud declina, cual sol de marchitas lumbres, cuando la edad se avecina hacia las áridas cumbres.
Los días lejanos florecían en mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de rosas marchitas y una vieja armonía de versos: ¡Ay, eran las rosas y los versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina!
Tenía la boca de estatua ¡y las mejillas como flores marchitas, mejillas penitentes, descarnadas y altivas, que parecían vivir huérfanas de besos y de caricias.
Los ojos negros y duros centellearon; las mejillas, marchitas y pergaminosas, se inflamaron como las de un viejo retrato al resplandor de un incendio, y la boca, austeramente desdentada, repitió con amargura: -¡Mi hija!
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas.
El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
Sus perfectas facciones estaban marchitas y adelgazadas; sus ojos, negros y grandes, revelaban cierto extravío y los cercaban cárdenas ojeras; su boca mostraba la contracción de la amargura y del miedo.
No te aflijas, doctor; parte, y no llores si al otro lado de la mar no encuentras a tu buen padre ya; no llores si entras en su hogar solitario, si las flores del jardín que él cuidó marchitas hallas, y desquiciada la mohosa puerta, y ruinosos sus muros y sus vallas y la patena cámar desierta.
Era otra anciana, de papalina también, pero papalina de encaje negro con cintas malva; de rostro que aún conservaba las medio desvanecidas líneas de una hermosura delicada e ideal; de ojos azules, descoloridos como violetas marchitas; de fatigados párpados, como tienen las personas que han llorado mucho; de manos pálidas, prolongadas, divinamente cuidadas, manos de aristócrata y de monja claustral.
No consintáis que un equívoco insignificante marchite las flores primaverales, que una vez marchitas no pueden volver a florecer.
La víctima yerta ligero la tira a donde las flores marchitas están; y allí de sus restos los ojos retira, que acaso el mirarlos tristeza le dan.