marido


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Sinónimos para marido

esposo

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Sinónimos para marido

esposo

Sinónimos

Ejemplos ?
Tengo cierta inclinación a lo triste. Aquí encontrará «El suspiro en la noche», «Mi ocaso» y «Cuando me casé con Clemente», es decir, mi marido.
Lo había escrito la muchacha al dictado de la generala, y su marido, al leerlo, lo había encontrado charmant -Verdaderamente es una gran atención, de parte de personas tan distinguidas -dijo la mujer del portero; y Jorge hubo de vestir su traje de confirmación, y, con su devocionario, subir a dar las gracias.
En esta composición he cantado el poder y la grandeza de este personaje, pero debe usted prometerme solemnemente que no lo revelará a mi marido ni a nadie.
Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.
A él, por sus aficiones, le llaman el tío Juan del Aguardiente, y a ella la conocen todos por Bocarrachada (Bocarrota), porque dice cada cosaza que asusta; pero no crea usted que se contenta con decir; apenas nota que su marido hace eses, le mide las costillas con ese mismo horcado de cargar el tojo.
¡Estoy completamente arruinada! Mi padre y mi marido gastaron, defendiendo a don Carlos, todo lo que tenían... Hasta hoy he vivido con el producto de mis alhajas, y hace ocho días vendí la última..., una gargantilla de perlas muy hermosa...
No era, no (o, por mejor decir, no quería ser), una de esas beldades llamativas, aparatosas, fulminantes, que atraen todas las miradas, no bien se presentan en un salón, teatro, o paseo, y que comprometen o anulan al pobrete que las acompaña, sea novio, sea marido, sea padre, sea el mismísimo Preste Juan de las Indias...
No tenía en el mundo más que aquella criatura: su mujer, hallándose recién parida, había muerto a consecuencia del susto de ver entrar a los civiles, que venían a prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal.
El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez.
Pero el encanto —la absorción de todos los sentimientos de un hombre—que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura como igual: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo.
-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.
¡Federico, no salgas, por Dios! ¡Juana! ¡pile a tu marido que no salga! —clamó desesperada, dirigiéndose a mi mujer. Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la puerta.