mariquita


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Sinónimos para mariquita

Sinónimos para mariquita

maricón

Sinónimos

  • maricón
  • vaca de San Antón
  • vaquita de San Antonio
Ejemplos ?
l poeta español don, autor de un drama que lleva el mismo título de esta tradición De cómo Mariquita Martínez no quiso que la llamasen Mariquita la pelona Allá por los años de 1731 paseábase muy risueña por estas calles de Lima Mariquita Martínez, muchacha como una perla, mejorando lo presente, lectora mía.
-Bonito lugar, ¿verdad? -dijo una mariquita de escudo rojo punteado de negro, que volaba por allí. -Estoy acostumbrado a cosas mejores -contestó el escarabajo-.
En aquel instante, y antes de que pudiera responder a la muchacha la vendedora, golpearon suavemente en la puerta de la sala, y preguntó a la primera desde el corredor Mariquita la Pañolines: -Oye tú, Rosario, ¿está entoavía ahí la señá Rosalía, la vendeora?
El patio presentaba un risueño golpe de vista con sus bien cuidados arriates, que la mano de Mariquita cuidábase de limpiar de hojas secas y de flores mustias...
En 1805 figuraba todavía en primera lí- nea, como lo prueban estos versos de un listín de ese año: No falten los guapos; pongan atención, que esta vez Pollollo vibrará el rejón. Mariquita mía, vamos de mañana, que Quintín Pollollo sale á la campaña.
Pues, señor, había en Lima, por los tiempos de Amat, una chica llamada Mariquita Castellanos, muchacha de muchas entradas y salidas, de la cual tuve ocasión de hablar largo en mi primer libro de Tradiciones.
En las noches de luna era cuando había que ver a Mariquita paseando, Puente arriba y Puente abajo, con albísimo traje de zaraza, pañuelo de tul blanco, zapatito de cuatro puntos y medio, dengue de resucitar difuntos y la cabeza cubierta de jazmines.
Por de pronto, a Pepeta y al Cubano se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera, y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada, Ya le arreglaría las cuentas...
Parece que Mariquita pasó sus primeros años en el convento de Santa Clara hasta que la llegó la edad del chivateo (que así llamaban nuestros antepasados a la pubertad) y abandonó rejas y se echó a retozar por esta nobilísima ciudad de los reyes.
Los rayos de la luna prestaban a la belleza de la joven un no sé qué de fantástico; y los hombres, que nos pirramos siempre por esas fantasías de carne y hueso, la echaban una andanada de requiebros, a los que ella por no quedarse con nada ajeno, contestaba con aquel oportuno donaire que hizo proverbiales la gracia y la agudeza de la limeña. Mariquita era de las que dicen: «Yo no soy la salve para suspirar y gemir.
Y una noche leía Mariquita La Perfecta Casada, del sublime Fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de vergüenza, mientras el corazón se lo quedaba frío: «...Así, por la misma razón, no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala.
Allí se contemplaba el musgoso pesebre con la vaquita mugidora; el gallo de cartón que quiquiriqueaba como un verdadero sultán de gallinero, y la gigantilla a quien el Niño Gato endilgaba estos piropos: «Mariquita, María, flor de romero, no le digas a nadie que yo te quiero.