percalina


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  • sustantivo

Sinónimos para percalina

lustrina

Sinónimos

Ejemplos ?
En el fondo de una celda vacía, enorme, jamás habitada, del patio alto, armaron amplia mesa, y la revistieron de percalina verde.
El de las mujeres, de saya de percalina azul sobre el refajo de bayeta encarnada, jubón de paño oscuro, mantilla de franela negra con anchos ribetes de panilla, media azul y zapatos de paño negro.
Yo, que tenía dieciséis años, creí to lo que me dijiste, y mi vieja se me murió a poquito, no sé de qué, porque si el médico dijo que de un tifus, yo creo que se me murió de la pena; y de entonces acá he vivío jechita una esclava, ayunando un día sí y otro no, vestía de percalina en invierno, y en verano, en cueros vivos, sin tener a veces un mal jergón aonde recostar mi cuerpo, Pero to los tiempos no son iguales: tú has adelantao en tu oficio y ya ganas cuatro pesetas y lo que cae, y ya tiées un terno pa los domingos, y te afeitas toas las semanas, y nunca te falta el tabaco.
En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un forro chillón de percalina rosa.
Era la tal, una criatura anémica, de ojos encapotillados, pupilas color de pasa Italia, algo pecosa, más bien zamba que morena, hija de la señora del principal y mi locataria; ella solía esperarme en la puerta, con una blusa de percalina azul y un gran listón de moirée sobre los cabellos esponjosos.
A cualesquiera que no fuesen los ex merceros, la bretoncita les habría parecido adorable, con su falda de burdo paño azul, su delantal de percalina rosa, sus toscos zapatos, sus medias azules, su pañoleta blanca, las enrojecidas manos metidas en mitones de punto de lana roja bordados de blanco que el conductor le había comprado.
«¿Qué nombres son éstos?», me dije, oprimiéndome las sienes furiosamente, como aquel que desea ver claro algo que le enturbian el ruido y la percalina de una revolución gloriosa.
Entonces se quitaba a pulso el sombrero, y a pulso le sustituía en la cabeza con un gorro de terciopelo negro; a pulso se ponía los manguitos de percalina; a pulso y con respetuosa parsimonia abría los libros, y a pulso mojaba la pluma, y sentaba las partidas, y ataba y desataba los legajos que le entregaba en silencio el principal, a cuyo cargo estaba la obligación de volverlos a recoger.
Del centro del techo pende una araña cuidadosamente envuelta en un sudario de percalina verde, y con razón, porque es de pésimo gusto.