Ejemplos ?
Es aquella comedia tan larga y tan pesada, donde todo el tiempo se están los cómicos en una habitación, y pasa un acto, y nada, la misma habitación... ¡Reniego de ella!
Si todas son como vos, nunck hizo Dios cosa buena. Yo conquiste una judia debajo de un arbol tierno, donde siempre repetia reniego de Dios eterno.
Pasaba en tal ocasión un cura que, inadvertido, rezó por el fallecido; pero, al caer en lo cierto, dijo:-«¡Reniego del muerto, y lo rezado, perdido!» = Venus de Milo, ¡oh tristeza!, te dio adoración el arte, bastando para adorarte el arte por la belleza.
Por cierto, el mayor placer que pueda darse a los obispos un poco confundidos, a las asambleas que han sustituído al rey, a los ministros que han sustituído a los príncipes, a los gobernadores civiles que han sustituído a los duques -grandes vasallos-, a los subgobernadores que han sustituído a los barones -pequeños vasallos-, y a toda la secuela de funcionarios subalternos que hacen las veces de caballeros y nobiluchos del feudalismo; el mayor placer, digo, que pueda darse a toda esta nobleza de las finanzas, es volver a entrar cuanto antes en el dogma tradicional de la resignación, de la abnegación y del reniego de uno mismo.
Exasperado el primero, agarró del pelo al segundo; cogiole éste una oreja entro los dientes, y escupió un pedacito ensangrentado, con un soberbio reniego dialectal.
No, señor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las canciones. ¿Y esto no será de alabar? Yo alabaré siempre; yo defenderé; reniego de la oposición. ¿Qué quiere decir la oposición?
Esto es para desesperarse. ¡Reniego de ti y de la morcilla, y no quisiese más sino que te se pegase a las narices! No bien lo hubo dicho, cuando ya estaba la morcilla colgando del sitio indicado.
Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: Cuatro quejosos tales que lo pueden ser del Gran Turco ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus dueños.
«Has hablado, Silvestre, como un libro; y guárdeme Dios de refutar lo más mínimo de tu discurso. Pero sabe que yo también reniego de la corte, y que la aborrezco con todos mis sentidos.
El azar, una vez terminada la representación, me hizo topar con el gentilhombre que acababa de actuar; era un bueno y honrado auvernés un peón albañil que estaba encantado de haberse ganado un escudo con una ceremonia que le había aliviado el vientre y le resultaba más dulce y agradable que cargar la gaveta. Era espantosamente feo y debía tener más de cuarenta años. —Reniego de Dios —dijo Durcet—. Eso es.
LA NODRIZA ¡Oh hijo! ¿qué vas á hacer? Vas a perder á tus amigos. HIPÓLITO ¡Reniego de ellos! Ningún culpable es amigo mío. LA NODRIZA ¡Perdóname!
La misma murmuración (de la cual yo no reniego, al contrario, pues la cuento entre las cosas más divertidas e instructivas que hay en el mundo) no tiene en provincia aquella ligereza cortesana, que parece que les pone alas a los chistes; en provincia se gruñe quince días por lo que en Madrid entretiene y provoca chistes dos minutos, y más que latigazo, semeja la censura cruel carrera de baquetas, en que ya ningún corazón generoso puede dejar de interesarse por la víctima y detestar a los verdugos.